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sábado, 23 de junio de 2018

Próxima parada: Orgullo




Me miro en el espejo del cuarto de baño. Pero relajaos, no voy a cometer el casposo error de describir mi rostro frente a un espejo, menos aún el proyectado en un aseo alicatado, como si se tratase de la selfie de una quinceañera preñada de un subidón de autoestima. A modo orientativo, no obstante, todo sigue en orden: el mismo careto de gilipollas de todos los días.
Engullo la tostada, medio quemada, a la que suelo colorear, como si fuera un cuadro abstracto, de una cantidad desproporcionada de mantequilla y de mermelada de naranja amarga y sorbo el café aguado.
Me preocupo por la carencia de recursos humanos, la escasez de economía doméstica y la innecesaria paz en el mundo, del primero, se da por hecho. Sonrío. Estoy bien, solo tengo el corazón roto. Zurzo algunas heridas con el poco optimismo que me proveyó la fulana que anoche me beneficié en el hostal Paraíso y supuro el odio a una sociedad sin escrúpulos. Echo la llave a la puerta y llamo al ascensor. No contesta. Pero decide subir. Y yo bajo en un acto de rebeldía.
Me ladra Jacobo, el perro de la vecina del quinto piso; como de costumbre preside el umbral del portón de entrada. Le devuelvo el ladrido. Se calla. Le digo que es un buen chico, y me llevo sus malas pulgas conmigo.
Camino a paso ligero, sin pausa. Gotas de sudor resbalan por mis entradas, suerte que las detienen las llanuras de mis cejas. Y no es de extrañar, hoy el sol arremete con brusquedad. Debió haber irrumpido el verano cuando aún faltaban tres inviernos por curar el vendaval que me provocó una jodida primavera. La puta más voluble de los poetas. Ahora no pienso en mi musa, y no porque no quiera.
Espero el tren de cercanías. Hora punta. Y mis vellos se electrocutan. Miro el reloj. Siempre es puntual a la cita. Está allí, frente a mí, en otro andén que tan solo separa una vía (la que me mantiene con vida). Es la misma Claudia perversa que un día arrojé a la hoguera antes de mi ejecución. Pero los rescoldos queman el alma, calcinan el amor. Brillan las pupilas de esa idiota, como si quisiera ahogar las lágrimas, ¡joder, como si me quisiera! El menda ya imploró su perdón y prometió no volver a bajarse la bragueta. Mi menda ya lloró. A solas, en un rincón, un relámpago de tregua.
Pelea, entre una vorágine de autómatas con prisa, por ser la última en subir al tren. Encoje su corazón, sujeta su mochila cargada de orgullo y, al fin, se introduce, tras la muchedumbre, ocupando un espacio minúsculo. Se apea de mis ruinas.
 ¡Mierda!

Me observo en el espejo. Como de costumbre, tengo la misma cara de gilipollas frente a las alternativas. Y ella…, ella sigue siendo mi idiota preferida.


miércoles, 30 de agosto de 2017

Arrugas

Fotografía de Lee Jeffries


Solía plasmar en un lienzo los rostros que dibujaba en mi memoria fotográfica. Nunca supe por qué me causaba tanta curiosidad las arrugas de las personas. Quizá, nunca me lo pregunté.
Me enternecía dar pinceladas fruncidas en historias de vida. Pero nunca adornaba los de mis familiares; ellos eran aliados del tiempo, verdugos de un pasado imperfecto. Sin embargo, todo cambió cuando mi expresión fue atrapada en un instante. Me convertí en veintiún gramos compactos, un vagabundo de surcos por acurrucar, un mendigo de cariño sin saber dónde columpiarme. Y entonces usé mis alas para vivir en las zanjas de pieles errantes, hasta que aterricé, como una mota diminuta, en un hogar deshecho.
Descubrí que Lucía no era tan feliz como yo la recordaba. Sus lágrimas se detenían pensativas antes de continuar su huida hacia otra realidad. Una realidad en la que heredaría una habitación fraternal con vistas al mar de la soledad.
El pequeño Miguel, ajeno a todo lo acontecido, endulzaba pequeños pliegues de felicidad alrededor de su boca, aún untada de pastel de cumpleaños. Ese que yo nunca llegué a soplar.
En cambio, Alfredo se mantenía impertérrito; sentenciaba las mismas depresiones en su frente que arrastraba tras su inesperado desahucio profesional. Supongo que no se puede agrietar más lo que ya está hecho añicos.
Y Dolores llevaba el peso de su nombre esbozado en cada mueca perversa del destino.
 ¡Ay, mi Dolores! Pude ver espejismos en esos desagües de llantos; ilusiones de una cándida niñez. Me permití posarme sigilosamente en su ombligo para observar las costuras de un universo que para mí era tan conocido. Sentí el calor umbilical que solo puede percibir un hijo. Hice turismo por los pasajes que un día me dieron alimento y cobijo, y posteriormente regresé a su faz marchita para condenar cómo la rugosidad se había resarcido con su talante guerrero; ahora obediente a la fútil existencia. Podía naufragar en cada arruga como un funámbulo en remos para, sin perder mi horizonte, llegar de extremo a extremo. Ese día odié las rayas irregulares que un día adoré. No obstante, mi reina seguía siendo hermosa a pesar de su agonía. Esa que yo le causé sin querer. ¡Maldito sea mi delito! No tuve la dicha de envejecer mi rostro, e hice a mi madre heredera de mi propio consumo.
Sería estúpido, por mi parte, decir que no fue justo. En efecto, no lo fue. Nunca lo es. La muerte te evapora consagrándote a la necedad del ser siempre bondadoso. Nunca fui perfecto, ni siquiera lo intenté. Solo quise atrapar la belleza con mi don y mi pincel. Jamás quise confinarme entre texturas y pigmentos.
Ahora mi única misión es contar las arrugas de la piel que me vio nacer. Mil quinientos surcos desde que me marché.

viernes, 25 de agosto de 2017

Ahora o nunca



Estaba dispuesto a tomar una de las decisiones más importantes de mi vida. Me incitaba el deseo de alcanzar mi objetivo hasta tropezar con mis propios miedos. No obstante, era el momento. Decidí arriesgar, intimidado; esperando una respuesta positiva. Unos pasos más hacia delante… Mis pies pesaban como losas de acero. Mi futuro desfilaba fugaz ante mis ojos. Noté el calor que emana de la esperanza, un gesto de validez en su leve sonrisa. Sin embargo, sentía como se tambaleaban cada uno de mis huesos y se erizaba mi piel. Pero tenía que hacerlo; era demasiado tarde para dar marcha atrás. Destino y azar me rondaban ansiosos de actuar. Avancé hasta el límite de lo infranqueable, donde con coraza era imposible traspasar tan delicada piel. Ambos nos desnudamos a la incertidumbre. Miré aquellos labios humedecidos; tiritaba de celos por adueñarme de ellos el primero. A escasos centímetros, un impulso me llevó a estrecharla en mis brazos. Era ahora; el nunca, jamás, fue. Y, acto seguido, la besé.




sábado, 22 de octubre de 2016

Alas metálicas


No soy capaz de recordar con exactitud cuándo fue la primera vez que viajé en avión. Pero lo que sí sé, es que despertaría en mí un interés tal, que ya desde muy pequeña, soñaba en convertirme en una azafata de vuelo.
Supongo que, en aquel entonces, pertenecer a una familia de clase social adinerada no me ayudó a lograr mi propósito. Aunque, todo sea dicho, me facilitó conocer este vehículo cuando tantos otros solo tenían constancia de su existencia a través de los medios de comunicación.
Por más suplicas y ruegos por mi parte, era redundante la desaprobación de mis progenitores para que me permitiesen ingresar en una escuela acorde a esa formación. Mi madre, más escrupulosa aún respecto al hecho en cuestión, se limitaba a decir que no me había parido para ser una «sirvienta», ni el cielo ni en la tierra. Para ella, la seguridad era lo de menos. No tenía miedo de que el aparato se averiase, y yo acabase esfumándome entre desechos metálicos, ya nos había vendido la prensa —para asegurarse una gran acogida entre la sociedad— las ventajas de la nueva revolución en el transporte de pasajeros. «Rapidez y seguridad garantizadas». No apto para todos los bolsillos, he de añadir. Para ella, mi madre, lo principal era lo que murmurarían de nosotros las malas lenguas.
Podría haberme revelado, pero no eran tiempos de poner en juego una poderosa herencia familiar. A pesar de ello, nunca toleré sentirme coaccionada. Aguardaba mi momento, con calma, sin perder la obstinación. Tanto así que hace un mes falleció la matriarca de mi familia; el único familiar que aún conservaba en vida. La he llorado, por supuesto. También fui presta a la lectura del testamento, claro está. Evidentemente, como descendiente directa, era la beneficiaria de una mansión que alberga obras de arte de valor incalculable. El resto, negocio y dinero en entidades bancarias, pura calderilla.
El señor Smith no dudó en apuntar a cada una de sus potentes naves para ponerlas bajo mi elección. Solo necesité un instante para rendirme a los encantos de una en concreto. Era un trato justo para el director de la mayor compañía aérea del momento, Wingsfree, S.L, el cual no dudo en ningún momento a realizar el intercambio. ¿Para qué diantre quería yo esa mansión?
Cincuenta años tardé en hacer realidad mi sueño. Ahora, ataviada con la vestimenta adecuada para «servir» a los viajeros, me siento como aquella jovenzuela que, hoy por fin, ha recuperado sus alas. Unas alas que nadie me debió cortar.


miércoles, 5 de octubre de 2016

Fecha límite


El día apagaba las luces. Emergentes puntitos luminosos teñían de belleza un cielo con luna menguante mientras yo continuaba allí latente, sin dejar de cavilar, esperando que ocurriera lo que tanto tiempo había anhelado.
Se levantó una brisa placentera y fresca, preludio de que el desenlace estaba muy cerca. Era capaz de palparlo con mis manos, visualizarlo en mi mente. Aquel lugar, concienzudamente seleccionado, y aquel objeto me facilitarían poner el punto y final a la vida de Ernesto. Sin embargo, aún no había decidido cómo hacerlo. Era un simple asalariado, únicamente contaba con un plazo de liquidación. Tal vez lo más sensato sería aplicar mis recursos, dar un giro dramático, y arrojarlo por el acantilado.
Estaba realmente asqueado de esta situación de bloqueo. No dejaría pasar un día más. Ernesto me estaba jodiendo literalmente.
A pesar de mi desánimo, ya no había vuelta atrás. Quizá ni siquiera debía responsabilizarme de esta tarea yo mismo, no tenía un argumento sólido e intachable. A fin de cuentas, Olga era con diferencia la persona que más despreciaba a Ernesto. Después de diez años de noviazgo y tres más en unión conyugal, había descubierto su tapadera; tenía una doble vida que incluía un matrimonio feliz y unos retoños gemelos. Olga, frustrada por su incapacidad para proporcionarle descendencia, se culpaba continuamente de los altibajos en su relación. El pobre Ernesto parecía muy comprensivo con el contratiempo. La arropaba entre sus brazos planteándole un futuro cargado de amor en exclusividad, sin dosificación alguna. Ella sentía admiración por un ser que cargaba con mentiras enmascaradas y verdades a medias; un disfraz de neopreno a medida.
Cuando logró desataviarlo descubrió que éste camuflaba a un simple mortal. La caída del pedestal no fue fácil para ninguno de los dos, en especial para Ernesto, que decidió encargarse de su esposa antes de que cumpliese sus repetidas amenazas de delatarlo a «la otra». El intento de borrarla de un plumazo fue fallido, pero Olga perdió en el «accidente» la memoria transitoria. Ese capítulo de su vida había desaparecido.
El inspector encargado de investigar el caso, Martín Díaz, siempre sospechó de la implicación de Ernesto. Aunque, al no tener pruebas suficientes, solo podía catalogarlo de presunto homicida. En realidad, yo sabía de buena tinta todo lo que iba sucediendo, no fue difícil atar cabos sueltos. Además, me encargué personalmente de que el funcionario, con la pericia que te proporciona leer entre líneas, mencionase a Marta la existencia de Olga. Al fin y al cabo ningún cuentista debería resultar impune de sus enredos. Debía pagar el daño que había causado a ambas familias. Francamente, no se me ocurría mejor forma para concluir esta historia.
Un desvelo, provocado por una sobredosis de café, me llevó a afirmar que Martín sentía una atracción incontrolable por Ernesto. Y no era de extrañar, sus rasgos perfectamente modelados y el halo de misterio que envolvía su presencia, provocaba un deseo de acercamiento a cada uno de los movimientos inaccesibles del cuerpo de seguridad. Incapaz de mantener su profesionalidad por encima de sus deseos carnales, lanzó ciertos mariposeos a este, el cual no dudó en sucumbir a los encantos del inspector de policía.
Demasiados enredos en un cuarteto de desbarajustes emocionales. Cualquiera podía tener un motivo para completar esta trama de suspense sentimental.
Ernesto debía morir, eso era evidente. Lo que no tenía muy claro a manos de quién. Bueno, supongo que de las mías. ¿Que qué me había hecho a mí este tipo? Insomnio súbito, acompañado de parálisis escritural. Probablemente nada tan grave como al resto de personajes, salvo que ellos no tenían que dar explicaciones del retraso de la novela a ninguna editorial.
¿¡Para qué darle más vueltas!? Mi cerebro está encharcado en tinta china y forrado con papel fluting. Será breve, indoloro… Resbalará, sí, se deslizará por esa pendiente golpeándose con todos los matojos y ramas a su paso hasta estrellarse contra el agua. ¡Adiós, Ernesto!
No, no puedo acabar con mi bastardo. Supongo que después de 150 páginas he debido de encariñarme con el protagonista. He caído en mi propia vorágine de pasión irracional, de temor al fracaso. Mi obra huele a excrementos que no sirven para abonar mis propias letras ya podridas. Pero ¿y si esto se convierte en un best seller? ¿Una trilogía? Nunca supe descifrar el equilibrio entre la mediocridad y el éxito. ¡Basta! Será un final abierto, a gusto del consumidor, o qué lo remate un lector ávido de resarcimiento. ¡Te odio, Ernesto, con todo mi ordenador!

«Se levantó un viento desagradable y caluroso. Ernesto contempló en la ladera adyacente que una silueta oscura caminaba ágilmente hacia él… ».
FIN

lunes, 6 de junio de 2016

Posesión animal



De regreso a mi hogar podía avistar las ruinas de mi vida. Aquella bestia me había dominado hasta el extremo de sucumbir a su poder lascivo. No supe, o no quise, resistirme a hincar sus recién prestadas garras en lo prohibido. He de admitir que ella, nuestra presa, era una de las más bellas criaturas de la naturaleza. Aun así debí arrancar mis propias entrañas para matar el apetito. Debí. Ahora el monstruo que se alimentaba de mí estaba apaciguado; lo había encarcelado en la mazmorra de aquel hotel. No lo había vencido, no; simplemente le había dado lo que clamaba con la furia de un guerrero. Todavía moraba en mí su sed de alevosía. Mi yo racional, con el corazón rasgado, asumía cumplir condena por lo acometido. Estaba dispuesto a rendir cuentas a mis diosas. Entregarme a ellas como ofrenda a su propio capricho. Pero al cruzar el umbral de la puerta, la fiera despertó mis bajos instintos. No podía soportar que las pecas de mi hija dejasen de guiar mi destino. Me coloqué mi coraza de cobardía e hice un pacto con mi yo irracional: «Solo sería esa vez», le aventuré. Tarde o temprano ambos, hombre y animal, aniquilaríamos el recuerdo de haber acariciado otra piel. El silencio sería nuestro aliado; la mudez, mi penitencia. No podía confesar a mi esposa que le había sido infiel. «Solo una vez».
No obstante, la bestia se agita insistentemente en mi entrepierna. 
Ya van tres. Solo tres.


domingo, 7 de febrero de 2016

¡Miau!






Cuando eres un gato callejero que alguien ha querido adoptar, debe tener presente que eres difícil de domesticar. No debe dejarse llevar por tu parte tierna, porque han sido infinitas las situaciones en las que has sobrevivido gracias a tu instinto felino y a pasear por los tejados sorteando los peligros en las noches de luna llena, flirteando con malas compañías, buscando una presa que te sirviera de cena sorpresa. Será un reto ganarse tu confianza y que le regales un maullido sin quedarte dormido. Y aun así, siempre estarás alerta con tus oídos ultrasónicos, por si se cruza un gato negro más apuesto e irónico. Las calles te han enseñado a que el que hoy te da comida, mañana te la puede quitar, y que de cazar ratones no te debes olvidar; que una vez sobreviviste sin nada y que en caso necesario volverás a las andadas. Pero si le ronroneas y le aguantas la mirada..., ya te tiene ganado en cuerpo y alma. Además, si un gato te da un lamido, es que te está haciendo un cumplido.
Mi parte gatuna te sugiere que: no me toques los bigotes o te sacaré las uñas; te ayudaré en tus días más negros, yo puedo ver en la oscuridad; si alguna vez me pierdo, por mi nariz me reconocerás; si me bañas, la curiosidad te matará; valoro mi tiempo, no me hagas perder siete vidas más; la casa ahora es mi territorio, y tú mi inquilino —lo he marcado—, acuéstate boca arriba y seremos aliados; no me busques los tres pies o encontrarás cuatro, no hay gato encerrado, o serás tú el que acabará escaldado; mi corazón palpita más despacio, en cuanto te descuides y no me cuides te mordisquearé tus zapatos; recuerda que soy alérgica al chocolate, o acabarán llamándote matagatos; no me metas prisa cuando me esté acicalando, y no me vengas con eso de que por la noche todos los gatos son pardos; si me pillas en celo y me froto contra ti, no te asustes, tal vez quiera recordar cómo se hacen los gatitos, y esperaré como buena minina que me muestres tu cariño agitando tu rabito; arañaré tus rincones o los colorearé, no me castigues que no te entenderé, solo recompénsame despacio. Y no olvides que los gatos también hemos viajado al espacio.
  

"Mi nuevo bichito. Una feliz relación de amor y bocados" 

martes, 22 de diciembre de 2015

El pacifista








—Departamento de Atención al Cliente del Polo Norte. Le atiende Josefa la elfa, ¿en qué puedo ayudarle?

—Hola. Me llamo Federico y estoy enfadadísimo.

—Hola, Federico. ¿No le ha enviado Santa el regalo que ha pedido? Un momento. Voy a comprobar sus datos. Permanezca en espera. (Jingle Bells…) Le paso con Quejas y Reclamaciones.

—Le atiende Alfredo el reno. Disculpe, teníamos anotado que ha solicitado La Paz Mundial. Hemos subsanado el error a tiempo. Le ha sido enviado el juego Star Wars: Battlefront compatible con Xbox One, Playstation 4, Nintendo Wii…

—Pero yo quería…

—Departamento de Imposibles. Le atiende…




martes, 10 de noviembre de 2015

Sexo digital




Micro seleccionado -entre 1.400 presentados- para el I Concurso de Microrrelatos eróticos de la web DSS  “Erotismo en estado puro" que formará parte de la antología digital que llevará el mismo nombre.



Escribir en 5 líneas un relato erótico que deje a todos con la boca abierta... ¡Quiero escribir sobre sexo! Pero a mí esta palabra me produce unas ganas irremediables de acariciar mi propio cuerpo. Tal vez sea capaz de describir un orgasmo con versos, aunque ¿no es mejor dejar las teclas y colocar mis dedos en un lugar estratégico?¿Es posible divertirse tanto queriendo tocar un texto? 



miércoles, 4 de noviembre de 2015

El poder de un libro



Era un día triste de lluvia, una de esas típicas tardes sobrecargadas de melancolía en que no sabes en qué malgastar el tiempo para hacer que corra más deprisa. O, al menos, eso pensaba Alicia, que ya había mirado un centenar de veces todas sus redes sociales y contactado con todas sus amistades vía Whatsapp.
Lo cierto es que Alicia no tenía ningún plan específico para consumir aquel compás de espera que parecía prolongarse hasta el infinito. Para ella, una chica de catorce años que anhela conquistar la mayoría de edad para sentirse al fin libre y dueña de sus actos, aquel lapso suponía una agónica espera. Alicia aún no había aprendido que la libertad no necesariamente se consigue con la mayoría de edad.
Invadida por el hastío veía caer la lluvia a través de la ventana, cuando, con un giro de cabeza, su mirada se detuvo en una estantería repleta de libros heredados de su madre. Aquellos libros simbolizaban un testamento aún por hojear, albergando en silencio la esperanza de ser leídos por aquella a la que su anterior propietaria había designado como su legítima heredera.
Hacía años que Alicia no tenía entre sus manos un libro sin que mediase la obligación de leerlo; tantos que apenas recordaba cuándo había sido la última vez que leyó por placer. Al igual que la mayoría de sus amigas adolescentes, la lectura fuera de su rutina escolar no entraba en sus planes.
De repente, le vino a la memoria el placer que experimentaba de pequeña al meterse en la cama y escuchar la dulce voz de su madre narrándole la historia de aquel lobo feroz que intentaba derribar con potentes soplidos las pequeñas casas de aquellos tres alegres cerditos, y cómo sus párpados se iban cerrando lentamente mientras su madre ponía voz a los personajes del cuento. Por unos instantes añoró volver a aquel pasado que le hacía soñar despierta.
Alargó su brazo y tomó uno de aquellos libros de la estantería. Leyó el título en la portada: La historia interminable. «Cómo este día de mierda», pensó.
Ni siquiera lo abrió por la primera página, que hubiese sido lo normal, sino que lo hizo avanzar, pues tal era su aburrimiento. Se recostó sobre la cama y comenzó a leer con pereza.

«Los dragones de la suerte son de los animales más raros de Fantasía. No se parecen en nada a los dragones corrientes ni a los célebres que, como serpientes enormes y asquerosas, viven en las profundas entrañas de la tierra, apestan y vigilan algún tesoro real o imaginario. Estos engendros del caos son casi siempre perversos o huraños, tienen alas parecidas a las de los murciélagos, con las que pueden remontarse en el aire ruidosa y pesadamente, y escupen fuego y humo. En cambio, los dragones de la suerte son criaturas del aire y del buen tiempo, de una alegría desenfrenada y, a pesar de su colosal tamaño, ligeros como una nubecilla de verano. Por eso no necesitan alas para volar. Nadan por los aires del cielo lo mismo que los peces en el agua. Desde tierra, parecen relámpagos lentos. Y lo más maravilloso en ellos es su canto. Su voz es como el repicar de una gran campana y, cuando hablan en voz baja, es como si se oyera el sonido de esa campana en la distancia. Quien escucha alguna vez su canto, no lo olvida en la vida y sigue hablando de él a sus nietos».

Alicia se incorporó vigorosa. Su corazón palpitante parecía querer salir de su pecho. Mientras leía esas líneas había contemplado a esos mismos dragones hasta el punto de poder describirlos a la perfección, sentir el calor de su fuego y escuchar el murmullo de su canto. Por un instante su mundo había sido Fantasía; un lugar lleno de colores de la naturaleza, con un palacio en el que destacaba una gran torre de marfil y en el que pudo ver a un niño caminando por un sendero…
Desconcertada, y sin saber muy bien qué había ocurrido, cerró el libro, devolviéndolo a su lugar en aquella nutrida estantería que durante tantos años había pasado desapercibida ante sus ojos.
Minutos más tarde cogió otro libro; y luego otro, y después otro más. Cada nueva línea que leía conseguía transportarla a una nueva dimensión totalmente desconocida para ella. Así consiguió ponerse en el pellejo de un joven aprendiendo a ser mago, siguió pistas que habían dejado unos templarios e incluso sintió el ardor de su cuerpo haciendo el amor por primera vez.
Se notaba confusa, atrapada y liberada al mismo tiempo, y con una extraña sensación, como de volar sin alas, que le producía seguridad y vértigo a partes iguales. Había vivido un sinfín de aventuras sin tan siquiera poner un pie fuera de su habitación. Por primera vez en su vida sintió la necesidad de devorar la palabra escrita.
Pensó que tal vez había caído víctima de un mágico encantamiento que sólo la afectaba a ella. Era un leve temor que la embargaba; pero no de los que paraliza, sino de los que te empujan a ir más allá en busca de respuestas.
Acudió a su madre. Para ella, su madre siempre había sido su mejor confidente.
—Mamá, ¡es extraordinario lo que me ha ocurrido! —dijo Alicia muy excitada.
A partir de aquí se volcó en contarle a su madre todo lo que había experimentado en la soledad de su cuarto. Y mientras lo hacía, en el rostro de su madre se iba dibujando una sonrisa cargada de orgullo y profunda emoción.
Cuando Alicia acabó de relatar lo sucedido su madre le apartó con dulzura el pelo que le caía sobre el rostro.
—Tranquila, tesoro. No debes asustarte. Y sí, llevas razón. Sentir la magia que encierran las páginas de un libro es algo extraordinario que no todo el mundo consigue experimentar. Es el poder de tu imaginación quien prolonga ese poderoso hechizo, y es tu fantasía quien te hace vivir las historias con tanta intensidad que las hace reales durante un fragmento de tiempo. ¿Verdad que siempre encajas en la piel de un protagonista?  —Alicia asintió con un gesto—. Eso es exactamente lo que quería que un día pudieses experimentar. Por eso dejé todos esos libros allí, en tu cuarto. No se puede forzar a alguien a leer un libro, porque esa magia se rompe. Dime, ¿recuerdas por qué papá y yo decidimos llamarte Alicia?
—Por el libro de Alicia en el país de las maravillas.
—Ese fue el primer libro con el que aprendí a proyectar las letras, a disfrutar del mismo entusiasmo que tú ahora. ¡Bienvenida a tu particular país de las maravillas, mi querida Alicia! Aquí no hay reglas; sólo el poder de un libro y los límites que imponga tu imaginación. No sabes lo feliz que me hace el ver que tú misma has decidido abrir tu mente a nuevas experiencias, que al fin has aprendido a leer con todos tus sentidos. ¿Me acompañas a la librería de la esquina? Ahora que estás preparada no se me ocurre mejor regalo para ti que un libro. Pero esta vez, él te elegirá a ti.
Alicia giró la cabeza y, mientras observaba aquellos libros que pacientes aguardaban su turno en aquella nutrida estantería, al fin descubrió dónde se hallaba su verdadera libertad.



martes, 27 de octubre de 2015

No lo hagas


Ilustración de Sara Herranz

Ella había experimentado desde muy joven los placeres y sensaciones que proporciona un buen polvo. Le gustaba el sexo, nunca lo había negado. No sufría ningún trastorno psicológico ni hipersexualidad reconocida. No obstante, tachadla o etiquetadla a vuestra manera. O a la antigua usanza.
Siempre había apreciado la diferencia entre follar y hacer el amor. A decir verdad, no en todos los encuentros le apetecía actuar como una salvaje en la cama, es más, improvisaba irracionalmente su propio guion. Algunas veces necesitaba oler como las hormonas iban fluyendo, roces que provocan vellos erguidos y piel erizada, besar unos labios sintiendo un hormigueo en sus entrañas. Otras, en cambio, apenas miraba a los ojos de su amante. Ella se consagraba a la maestría de guiar a unas manos torpes con la finalidad de instruirlas en el rudimentario arte de arrancar sus bragas. Sabía fingir orgasmos, y gemía como una demente cuando realmente se los provocaban. Saboreaba los beneficios metálicos que su lengua podía recaudar. Distinguía cuando gritar era necesario, y mantenerse en silencio, una obligación. En ocasiones decía tacos; vulgaridades sin medida. Otras, por contra, se mostraba cándida e inocente cual delicada doncella que pierde por primera vez su castidad.
Hizo un pacto con su cuerpo; ambos firmaron un acuerdo de apetencia sexual, sin restricciones. Bromeaba sobre haber montado en más camas que en columpios y deslizado por más sábanas que por toboganes. Jugaba con las muñecas a retener esposas. Aprendió a dominar el sexo en todas sus formas, matices y expresiones. Este, de vez en cuando, también la subyugaba a ella. Y adoraba cuando ese tirano la ataba a la cama de una habitación pasajera.
Ella había amado y adorado un cuerpo pegado al suyo. Fue adicta a una piel. Esta dependencia la humilló cuando era frágil, rompiéndose en dos mitades desiguales. A la mitad indefensa la repudió. A la condescendiente la adoró y la usó para dar placer a otros. Juró que nunca más amaría. No volvería a hacer el amor con un enemigo. Ella no sabía hacerlo; lo concedía como recompensa a palabras halagüeñas. Lo regalaba, de tal manera que la convertía en esclava del hombre al que sucumbía. Desde ese momento, optó por fornicar como tregua en una batalla que supo que nunca ganaría. Sin embargo, siempre podría usar sus pespuntes para no descoser heridas psicológicas antiguas. Decidió dejar tocar su cuerpo, pero nunca más su vulnerabilidad. Nunca más es fugaz, se llamaba Ángel. Con él se desnudó sin quitarse la ropa —por primera vez—, frente a esa copa de vino reflejo de su devenir. Se abrió sin siquiera descruzar sus piernas. Fue su terapeuta sin cita precedente. Él la escuchó y la salvó con aquel abrazo posterior.
Después solo recordaba una vorágine de cuerpos entrelazados, de miradas cómplices. Intentó copular sin amar. No supo, no pudo. Su aliado le hizo arrinconar su reprensión y repatriar su lasitud. Olvidó lo que era y por qué lo era. Su ingenuidad le murmuraba con un inquietante eco: «Por favor, no lo hagas». Una petición interior, lanzada a ese mensajero, con el propósito de buscar su salvación. Hicieron el amor con el sexo más sucio y limpio que pudiesen imaginar; ironías entre cuerpos que se complementan y mezclan fluidos al mismo tiempo. De nuevo la diosa del sexo toleró vencerse por una orgía mental de sentimientos. Y se entregó en cuerpo —que tatuó con saliva— y en alma —que vendió a sus demonios—. «No lo hagas, por favor», se repetía continuamente. Y desconectaba para disfrutar de aquel encuentro entre desconocidos que se conocen a la perfección. Él no la manoseaba, la acariciaba. La adoraba en cada uno de sus movimientos de fricción. Por un momento, cambió su mundo. Una vida en la que ella no era ella. En esa nueva perspectiva solo existía ese Ángel, que le prestaba sus alas para volar sin límites ni miedos.
Al finalizar aquel encuentro fortuito, la abrazó. Le susurró un agradecimiento por el placer que su cuerpo prestado le había proporcionado. Ella alcanzó la felicidad; logró sujetarla entrecruzada con sus piernas durante un instante. Efímera, volátil. Él también había comprobado que existía una mitad que le complementaba mientras recorría con las yemas de sus dedos la curvatura de aquellos delicados senos. La vergüenza se apoderaba de ella a la vez que observaba como ese Ángel perfecto —ahora sin alas— se tapaba con la ropa que antes yacía sin dueño, dispersa en el suelo. Sin prisa pero sin pausa; idéntico ritmo armónico usado para pasearla en la cama. Selló sus labios para no decir palabras que le hubieran hecho delatarse a su amo. Volvía a su mente, una y otra vez, aquel pensamiento: «No lo hagas, por favor. No me trates como a una puta. Tú, no».
Minutos posteriores, Ángel extrajo del bolsillo trasero de su pantalón una cartera. Miró por un instante a su cómplice y le sonrío dulcemente. Pagó su intercambio de pasión al depositar un par de billetes sobre un testigo oscuro, inerte y de nogal. Se acercó a ella para regalarle un beso cordial en la mejilla. A continuación, le dio las gracias a viva voz. Ella permaneció absorta; su orgullo la enmudecía, sus emociones la inmovilizaban. Apenas vocalizó un leve susurro antes de ver largarse a su amante: «Por favor, no lo hagas».
Un portazo fue lo siguiente.
Como dicen, «Todo tiene un precio». Su profesión lo tenía, la tarifa la fijaba ella. Por supuesto, el amor también, pero este no es baremable en moneda de papel.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Baile de pistolas




Cielo desértico de Tabernas, Almería (España). Año 2015.

Había llegado el momento. El viento del desierto soplaba con furia agitando a las plantas rodadoras. Uno frente a otro. Escasos pasos de distancia entre dos pistoleros. Se mascaba la tragedia —y el tabaco—.
Ambos habían guardado un acuerdo de tregua temporal; a pesar de que se habían prometido venganza tiempo atrás. John se la tenía jurada a Clint tras su exitosa trilogía y la dirección de sus propias películas. A decir verdad, Wayne siempre se había sentido muy encasillado. Aparentemente, habían mantenido la calma, sin embargo, la disputa por el amor de la Srta. Kidman les había conducido a batirse en duelo.
Nicole fue una cortesana afamada por lanzar su pierna al aire y remover sus faldas en una función nocturna de un popular cabaret parisino, en el cual era protagonista principal. Hubo fallecido en los brazos de su amado; un escritor bohemio que solía cantar a los clásicos. Tras su muerte, permaneció fotosensible en una mansión hasta completar méritos para su traslado al otro barrio. En el cielo del oeste conoció a dos tipos duros: John y Clint.
Ahora un desafío a muerte establecería un vencedor y concluiría con esa rivalidad. Así, Dios dispuso como padrino de la ceremonia al sheriff Chuck Norris.
El acontecimiento atrajo a una gran multitud: bandidos y forajidos de toda la región, la tribu de Hollywood (liderada por Toro Sentado) y una diligencia con las chicas de la compañía Con faldas y a lo loco para amenizar el espectáculo, entre otros.
Todas las miradas permanecían atentas a ambos. Música de ambiente.
Tiriririri ririri…
—El Mundo se divide en dos categorías, John, los que tienen el revólver cargado y los que cavan. Podría dispararte sosteniendo tu propia pala —Le subestimada Eastwood fijando su mirada pétrea en él mientras se giraba en sentido opuesto.
—He hecho más de 250 películas y nunca he disparado a ningún tipo por la espalda, ¡cámbiamelo, Chuck! —replicó Wayne.
—¿Sabes que podría matarte raspándote con mi barba, John? —interrumpió Norris escupiendo su palillo a una velocidad de vértigo—. ¡Pégale un balazo a este tío, hostias!
—Te recuerdo John que ya estás muerto. ¡Yo sólo he venido a por lo que es mío!
—¿Crees que te preferirá a ti? ¡Al menos yo no visto un poncho tan ridículo! Vas a morir, aunque todo cambiaría si me incluyeses a título póstumo en los créditos de alguna de tus últimas películas —dijo John Wayne con sonrisa retorcida.
—Después de esto, no pienses que vamos a intercambiar fluidos corporales en la ducha esta noche. ¡No te incluyo ni borracho! —exclamó Eastwood con desprecio.
—Nunca he confiado en un hombre que no bebiera. Lo siento, Clint.
—Nunca pidas perdón y nunca te disculpes, es un signo de debilidad. Y recuerda que yo soy un tipo feo, fuerte y formal —comentó John.
—Tal vez yo soy El Bueno. Sé que hay más de 100 motivos por los cuales no debería matarte, pero ahora mismo, no se me ocurre ninguno.
—Yo soy el último pistolero. ¡Desenfunda tú primero!
Chuck, asqueado de tanta charla estúpida, arremetió a golpes de puñetazo y patada dejando gravemente heridos a ambos. Nicole, aburrida de la disputa y creyendo que acabaría más sola que la una, lanzó un guiño sensual a Toro Sentado, que le mandó señales de humo como respuesta a su coqueteo. Este decidió levantarse para largarse con la chica.
Toro Levantado y la Srta. Kidman subieron a lomos de un búfalo vil. Galoparon por todo el desierto con dirección a Las Vegas donde formalizarían su amor entre indio y cabaretera.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Orgasmo gratuito



Mientras esperaba aquel metro, mi mente se abstrajo completamente de ese andén para llevarme nuevamente a la habitación donde había estado horas previas con él. Aún sentía su aroma en mí; impregnaba mi ropa como un perfume de fluidos en movimiento, un néctar fabricado para mi cuerpo, que dulcificaba a la par que ardía mi piel. Con el obsequio de ese arrebato de pasión, ni siquiera pude asearme. Llegaba tarde al trabajo, pero agradecía que me hubiesen acompañado toda la jornada nuestras fragancias entremezcladas. Un día inacabable de orgasmos repetidos y masturbaciones mentales. De nuevo, había vuelto esa sacudida recorriendo en forma de escalofrío todo mi ser. Sentía aún sus manos apretándome los glúteos contra él, mis pezones estaban irritados de convulsiones convertidas en bocados; a fuego lento, a fuego vivo, a medio cocer.
Un golpe fortuito en el hombro me devolvió a la realidad. Presa de mis jadeos regresaba a casa, necesitaba más, como una damisela ansiosa por un encuentro furtivo con su caballero, sin armadura —para qué perder el tiempo—.
Allí sentada, en ese frío asiento, entrecruzaba con fuerza mis piernas. Sentía un dolor placentero que me recordaba lo poco que hacía de la visita de ese turista, el cual no necesitaba una guía ni un mapa de búsqueda del tesoro; a él le bastaba con ser el mejor pianista. Y no hubo una tecla que quedase por acariciar, y me compuso la más armoniosa y apasionante melodía que una mujer pudiese imaginar. En mis labios quedaba un hormigueo, una pócima mágica que los había convertido en continua humedad de inagotable deseo. Mi excitación iba en aumento con cada paso del trayecto de vuelta a mi paraíso terrenal. Y no dejaba de imaginar a ese diablo y su tridente que me incitaba a tentar y a morder serpientes.
Nervios.
Una cerradura que abre la puerta de mi universo.
Y aquella habitación, mi sala de juegos, donde horas antes había pecado… Ahora él está con otra... regalándole un orgasmo. Mi-or-gas-mo.


viernes, 18 de septiembre de 2015

Mis últimas horas (Parte I)




Con motivo del concurso "Relatos a dúo II", organizado por los compañeros de Círculo de Escritores, os presentamos Isidro Parra y una servidora nuestro relato de misterio "Mis últimas horas".


El tiempo pasa, y cada vez están más cerca...



Comienzo con la primera parte:



Hoy es 12 de Enero de 1976. Llevo cinco días sin dormir. Ya cuestiono si estas extrañas visiones son reales o a causa de la falta de sueño. En cualquier caso, dudo que pase de esta noche. Se acercan. 

Hace días encontramos esas extrañas ruinas funerarias al sur de la cabaña. Algo despertamos. Algo que debería permanecer dormido, ahora anda por estos páramos. Hace cuatro días Carlos y Jaime aparecieron muertos a escasos metros de la cabaña. He decidido no investigar más esas excavaciones. Cada vez que vuelvo de ellas las visiones son más claras, las extrañas sombras se vuelven más reales. Escribo esto para el que lo pueda necesitar. ¡No se acerquen a las ruinas!


17:05 horas

He reunido el coraje suficiente para salir. He enterrado a mis compañeros aprovechando que la tierra estaba algo más blanda por la lluvia. Me sentía sigilosamente observado, pero no debía dejar sus cadáveres a la intemperie ahora que se acerca el anochecer. Fuera, las maderas de la cabaña están llenas de arañazos y mordiscos. Probablemente, no soy el único que tiene miedo. El lugar se ha convertido en una huida constante de animales y, poco a poco, comienzan a desaparecer. Ahora sólo escucho el sonido por el temporal, anunciando que se aproxima una gran tempestad.


18:43 horas

Me siento agotado, sigo sin poder conciliar el sueño. Acaba de anochecer. En toda la tarde no ha parado un instante de llover; la lluvia cada vez golpea con más intensidad, incluso bajo cubierto está calando mis entumecidos huesos. O quizá, es el pánico que galopa en mí. Las figuras han rondado la cabaña, dando golpes y ululando. Parecen tan reales…  


19:30 horas

Hace un instante observé por la ventana. Las he visto, pero no sabría cómo describir algo que, hasta ahora, no sabía que existía. (...)


(Continúa en el blog de mi compañero PINCHA AQUÍ)



lunes, 31 de agosto de 2015

Versos para dos

   —¡Te propongo un juego! Entre los dos vamos a hacer poesía. Tu escribes un renglón y yo otro,  y descubrimos qué somos capaces de crear.
   —¡Me apunto!
   —¡Empieza tú!

   Saboreo el último sorbo de mi copa de vino tinto y comienzo a escribir mi primer renglón. Me dejo llevar por el poder del rey Baco y el capricho del momento.

Estoy en un laberinto sin salida,
sin minotauros ni ninfas,
sin trampolín ni paracaídas
pero contigo, en definitiva.
Solo en mis sueños, mi imaginación,
soy enteramente yo, cuando te sueño,
cuando te descubro, tu cuerpo, tu sudor,
tus maneras, tu interior, cuando me
excitas, ¡oh, sí!, éxtasis y dolor,
velocidad, fricción, calor...
Sexo a traición.
En definitiva… amor.
¿Follamos?

   —Creo que esto no debería terminar así. (Risas pícaras)
   —A mí no se me ocurre mejor manera de acabar esta poesía.

   Y el vino habló.




viernes, 21 de agosto de 2015

Mi amor imaginario




Siéntate a mi lado y cuéntame tus secretos confesables. Déjame que yo te cuente aquellos que no le diría a nadie. Necesito que me desees con pasión, no con locura; cámbialo por ternura. Juega conmigo en los columpios y quítame el miedo a crecer; a que los problemas me impidan sonreír por cualquier tontería. Hazme reír cada día. Déjame que te haga vibrar, feliz. Bésame con dulzura, sin premura, saborea mis comisuras; que crea que sin mis besos no sabrías como vivir, aunque no sea así. Miénteme si crees que puedes volverme radiante. Muérdeme suave. Recuérdame que en tus mordiscos está el poder de hacerme daño, pero que prefieres regalarme placer y sensualidad en cada bocado, y con ello sanarme. Sé mi luciérnaga y dame luz en mis noches más oscuras. Susúrrame al oído, erízame la piel, que ella sienta que es tuya. Dime que algún día te podrán ver los demás, que mi locura se transformará en una realidad. Conviértete en carne y hueso, en arte..., ¡quiero desnudarte! Dame la seguridad de que siempre te quedarás conmigo, a mi lado. Yo sé que estás, a pesar de que no te puedo ver —dejé de hacerlo hace tiempo, ¡maldita adultez!—, pero en cambio, te siento. En ocasiones noto como rozas mi piel, tu cálido aliento en mi nuca. ¡Quédate! Deja que te siga imaginando, fantaseando, idealizando…, dibujando tu silueta en el aire. No derrumbes mis castillos, no te marches. Aunque solo sea para seguir cada noche... soñándote.

Para ti..., que saltas conmigo al vacío en mis desvaríos, sin arnés y sin decir ni pío.

viernes, 31 de julio de 2015

¿Y yo qué pinto?



Con el material perfecto y mi lienzo de algodón fijado sobre un bastidor... En la paleta hay tal mezcla de colores que me dan la posibilidad de una combinación infinita de matices. Si añado un toque de aceite, lo convierto en óleo. Vuelvo soluble el pigmento y transformo el color de la luz que refleja. A todo le añado mi temple. Dispongo de una brocha con cerdas que requieren ser tratadas con cuidado para prolongar su vida útil. Millones de pinceladas para plasmar un sentimiento, intentando dar forma a este boceto que me sirva de guion. Se convierte en un imposible, un cuadro en blanco, un borrador pendiente, un artista sin musa ni arte.

—Dime..., ¿por qué no puedo pintarte?

Small Pencil