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sábado, 23 de junio de 2018

Próxima parada: Orgullo




Me miro en el espejo del cuarto de baño. Pero relajaos, no voy a cometer el casposo error de describir mi rostro frente a un espejo, menos aún el proyectado en un aseo alicatado, como si se tratase de la selfie de una quinceañera preñada de un subidón de autoestima. A modo orientativo, no obstante, todo sigue en orden: el mismo careto de gilipollas de todos los días.
Engullo la tostada, medio quemada, a la que suelo colorear, como si fuera un cuadro abstracto, de una cantidad desproporcionada de mantequilla y de mermelada de naranja amarga y sorbo el café aguado.
Me preocupo por la carencia de recursos humanos, la escasez de economía doméstica y la innecesaria paz en el mundo, del primero, se da por hecho. Sonrío. Estoy bien, solo tengo el corazón roto. Zurzo algunas heridas con el poco optimismo que me proveyó la fulana que anoche me beneficié en el hostal Paraíso y supuro el odio a una sociedad sin escrúpulos. Echo la llave a la puerta y llamo al ascensor. No contesta. Pero decide subir. Y yo bajo en un acto de rebeldía.
Me ladra Jacobo, el perro de la vecina del quinto piso; como de costumbre preside el umbral del portón de entrada. Le devuelvo el ladrido. Se calla. Le digo que es un buen chico, y me llevo sus malas pulgas conmigo.
Camino a paso ligero, sin pausa. Gotas de sudor resbalan por mis entradas, suerte que las detienen las llanuras de mis cejas. Y no es de extrañar, hoy el sol arremete con brusquedad. Debió haber irrumpido el verano cuando aún faltaban tres inviernos por curar el vendaval que me provocó una jodida primavera. La puta más voluble de los poetas. Ahora no pienso en mi musa, y no porque no quiera.
Espero el tren de cercanías. Hora punta. Y mis vellos se electrocutan. Miro el reloj. Siempre es puntual a la cita. Está allí, frente a mí, en otro andén que tan solo separa una vía (la que me mantiene con vida). Es la misma Claudia perversa que un día arrojé a la hoguera antes de mi ejecución. Pero los rescoldos queman el alma, calcinan el amor. Brillan las pupilas de esa idiota, como si quisiera ahogar las lágrimas, ¡joder, como si me quisiera! El menda ya imploró su perdón y prometió no volver a bajarse la bragueta. Mi menda ya lloró. A solas, en un rincón, un relámpago de tregua.
Pelea, entre una vorágine de autómatas con prisa, por ser la última en subir al tren. Encoje su corazón, sujeta su mochila cargada de orgullo y, al fin, se introduce, tras la muchedumbre, ocupando un espacio minúsculo. Se apea de mis ruinas.
 ¡Mierda!

Me observo en el espejo. Como de costumbre, tengo la misma cara de gilipollas frente a las alternativas. Y ella…, ella sigue siendo mi idiota preferida.


domingo, 18 de febrero de 2018

Baño de lágrimas



Viertes con la amargura de un corazón roto
lava que expulsan tus ojos ardientes
de encontrar respuestas a la muerte.
¡No las hay! ¡No lo intentes!

Hasta los más sabios tienen miedo al sueño eterno,
de hallar bajo sus carnes pútridas un esqueleto;
a recorrer un camino maltrecho de penitentes
hasta llegar a una nada embalsamada por dolientes.

Miras los pespuntes en tu vientre
del nacimiento que trajo tu dicha.
Deseas amamantar la esperanza
de resucitar de esta lúgubre pesadilla.

¡Amiga, sé valiente!
No hay receta para cocinar un pasado diferente.

La quimera de que el tiempo
sella las heridas a fuego lento;
pura sátira de adeptos incrédulos
que recita a los mártires a los cuatro vientos.

«Seca tus lágrimas», dicen las plañideras
cuando lamentarse limpia y no quema.
Qué no va a devolverte la vida
lo que ya batalló tu suerte.

¡Llora! ¡No te avergüences!
Porque una madre nunca debería dar sepultura a un hijo.
Porque la Parca no elige bien a sus sirvientes.
Porque no das tu brazo a torcer ante la injusticia.

Llora desconsolada. 
Báñalo con tu dolor hasta hacerte fuerte.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Arrugas

Fotografía de Lee Jeffries


Solía plasmar en un lienzo los rostros que dibujaba en mi memoria fotográfica. Nunca supe por qué me causaba tanta curiosidad las arrugas de las personas. Quizá, nunca me lo pregunté.
Me enternecía dar pinceladas fruncidas en historias de vida. Pero nunca adornaba los de mis familiares; ellos eran aliados del tiempo, verdugos de un pasado imperfecto. Sin embargo, todo cambió cuando mi expresión fue atrapada en un instante. Me convertí en veintiún gramos compactos, un vagabundo de surcos por acurrucar, un mendigo de cariño sin saber dónde columpiarme. Y entonces usé mis alas para vivir en las zanjas de pieles errantes, hasta que aterricé, como una mota diminuta, en un hogar deshecho.
Descubrí que Lucía no era tan feliz como yo la recordaba. Sus lágrimas se detenían pensativas antes de continuar su huida hacia otra realidad. Una realidad en la que heredaría una habitación fraternal con vistas al mar de la soledad.
El pequeño Miguel, ajeno a todo lo acontecido, endulzaba pequeños pliegues de felicidad alrededor de su boca, aún untada de pastel de cumpleaños. Ese que yo nunca llegué a soplar.
En cambio, Alfredo se mantenía impertérrito; sentenciaba las mismas depresiones en su frente que arrastraba tras su inesperado desahucio profesional. Supongo que no se puede agrietar más lo que ya está hecho añicos.
Y Dolores llevaba el peso de su nombre esbozado en cada mueca perversa del destino.
 ¡Ay, mi Dolores! Pude ver espejismos en esos desagües de llantos; ilusiones de una cándida niñez. Me permití posarme sigilosamente en su ombligo para observar las costuras de un universo que para mí era tan conocido. Sentí el calor umbilical que solo puede percibir un hijo. Hice turismo por los pasajes que un día me dieron alimento y cobijo, y posteriormente regresé a su faz marchita para condenar cómo la rugosidad se había resarcido con su talante guerrero; ahora obediente a la fútil existencia. Podía naufragar en cada arruga como un funámbulo en remos para, sin perder mi horizonte, llegar de extremo a extremo. Ese día odié las rayas irregulares que un día adoré. No obstante, mi reina seguía siendo hermosa a pesar de su agonía. Esa que yo le causé sin querer. ¡Maldito sea mi delito! No tuve la dicha de envejecer mi rostro, e hice a mi madre heredera de mi propio consumo.
Sería estúpido, por mi parte, decir que no fue justo. En efecto, no lo fue. Nunca lo es. La muerte te evapora consagrándote a la necedad del ser siempre bondadoso. Nunca fui perfecto, ni siquiera lo intenté. Solo quise atrapar la belleza con mi don y mi pincel. Jamás quise confinarme entre texturas y pigmentos.
Ahora mi única misión es contar las arrugas de la piel que me vio nacer. Mil quinientos surcos desde que me marché.

viernes, 25 de agosto de 2017

Ahora o nunca



Estaba dispuesto a tomar una de las decisiones más importantes de mi vida. Me incitaba el deseo de alcanzar mi objetivo hasta tropezar con mis propios miedos. No obstante, era el momento. Decidí arriesgar, intimidado; esperando una respuesta positiva. Unos pasos más hacia delante… Mis pies pesaban como losas de acero. Mi futuro desfilaba fugaz ante mis ojos. Noté el calor que emana de la esperanza, un gesto de validez en su leve sonrisa. Sin embargo, sentía como se tambaleaban cada uno de mis huesos y se erizaba mi piel. Pero tenía que hacerlo; era demasiado tarde para dar marcha atrás. Destino y azar me rondaban ansiosos de actuar. Avancé hasta el límite de lo infranqueable, donde con coraza era imposible traspasar tan delicada piel. Ambos nos desnudamos a la incertidumbre. Miré aquellos labios humedecidos; tiritaba de celos por adueñarme de ellos el primero. A escasos centímetros, un impulso me llevó a estrecharla en mis brazos. Era ahora; el nunca, jamás, fue. Y, acto seguido, la besé.




sábado, 22 de octubre de 2016

Alas metálicas


No soy capaz de recordar con exactitud cuándo fue la primera vez que viajé en avión. Pero lo que sí sé, es que despertaría en mí un interés tal, que ya desde muy pequeña, soñaba en convertirme en una azafata de vuelo.
Supongo que, en aquel entonces, pertenecer a una familia de clase social adinerada no me ayudó a lograr mi propósito. Aunque, todo sea dicho, me facilitó conocer este vehículo cuando tantos otros solo tenían constancia de su existencia a través de los medios de comunicación.
Por más suplicas y ruegos por mi parte, era redundante la desaprobación de mis progenitores para que me permitiesen ingresar en una escuela acorde a esa formación. Mi madre, más escrupulosa aún respecto al hecho en cuestión, se limitaba a decir que no me había parido para ser una «sirvienta», ni el cielo ni en la tierra. Para ella, la seguridad era lo de menos. No tenía miedo de que el aparato se averiase, y yo acabase esfumándome entre desechos metálicos, ya nos había vendido la prensa —para asegurarse una gran acogida entre la sociedad— las ventajas de la nueva revolución en el transporte de pasajeros. «Rapidez y seguridad garantizadas». No apto para todos los bolsillos, he de añadir. Para ella, mi madre, lo principal era lo que murmurarían de nosotros las malas lenguas.
Podría haberme revelado, pero no eran tiempos de poner en juego una poderosa herencia familiar. A pesar de ello, nunca toleré sentirme coaccionada. Aguardaba mi momento, con calma, sin perder la obstinación. Tanto así que hace un mes falleció la matriarca de mi familia; el único familiar que aún conservaba en vida. La he llorado, por supuesto. También fui presta a la lectura del testamento, claro está. Evidentemente, como descendiente directa, era la beneficiaria de una mansión que alberga obras de arte de valor incalculable. El resto, negocio y dinero en entidades bancarias, pura calderilla.
El señor Smith no dudó en apuntar a cada una de sus potentes naves para ponerlas bajo mi elección. Solo necesité un instante para rendirme a los encantos de una en concreto. Era un trato justo para el director de la mayor compañía aérea del momento, Wingsfree, S.L, el cual no dudo en ningún momento a realizar el intercambio. ¿Para qué diantre quería yo esa mansión?
Cincuenta años tardé en hacer realidad mi sueño. Ahora, ataviada con la vestimenta adecuada para «servir» a los viajeros, me siento como aquella jovenzuela que, hoy por fin, ha recuperado sus alas. Unas alas que nadie me debió cortar.


jueves, 13 de octubre de 2016

La celda aliñada: Suegra confinada al horno



Ingredientes para cuatro personas:

Suegra
Aceite de oliva virgen extra.
Cebolla.
Sal, gorda.

Preparación: 

Pillamos desprevenida a nuestra suegra cuando esté viendo Sálvame Deluxe o cualquier otro programa insulso de Telecinco (abstenerse si en ese momento está haciendo ganchillo; las agujas las carga el diablo).
Salamos el exterior de la suegra —con la excusa de que tratamos de ahuyentar a los malos augurios— y la colocamos, perfectamente estirada —si su artrosis nos lo permite—, en un recipiente para el horno. En caso de no disponer de una caldera de tamaño industrial podemos llevarla a La Costa del Sol un 15 de agosto.
Cubrimos completamente con aceite de oliva (o crema solar) e introducimos en el horno —sin sombrilla—. Confitamos a 40 º durante 8 horas —lo que viene a durar las siestas de la susodicha—. Pasado este tiempo, sacamos del horno (desmontamos el chiringuito) y dejamos atemperar (dícese de aplacar su mala hostia) durante 30 minutos. Cuando comience a volver en sí, metemos una cebolla en su boca. No potencia el sabor ni nada, pero al menos la mantendremos calladita un rato.
Quitamos al cochinillo, perdón, a la suegra, del recipiente (o tumbona) con cuidado de que no se rompan las ampollas y la colocamos, con las pechugas hacia abajo, en una cama forrada de film plástico de cocina. El film tiene dos funciones: una, evitar manchar las sábanas de fluidos asquerosos y otra, sudar para perder algo de peso. A estas alturas nos da igual, pero es que está muy gorda la jodía.
Aparte, colamos el aceite resultante de confinar (o de la improvisada liposucción) y dejamos enfriar. La gelatina que ha soltado la suegra se solidificará y podremos utilizarla para salsear.
Todavía caliente, le damos la extremaunción —con la salsa recuperada de separar a la suegra de su grasa—, cabreándola lo menos posible y manteniendo su formato original (cebolla incluida).
Enfriamos durante 4 horas en una cámara frigorífica (planificar con anterioridad, ya que se necesita ayuda forense y/o de otros cuñados/as bastante quemados/as). Transcurridas dichas horas, si resucita, la golpeamos con una sartén antiadherente. Si no ha escupido la cebolla, la introducimos en la incineradora para asegurarnos de que se ha quedado cuajada. Dejamos dorar a fuego lento. Con este proceso, que debe durar entre 15 y 20 minutos, desaparece la grasa que aún queda y aseguramos que las cenizas sean de tamaño minúsculo.
Espolvoreamos en el patio, acompañada de una guirnalda de ensalada: «Tu yerno/nuera nunca te olvidará» y una coplilla de Canal Sur.
Una vez finalizado el proceso y listos los comensales llamamos al Telepizza. Esta vez no tendremos problemas con el reparto de una «familiar». 
El secreto está en la guasa.

¡Buen provecho!


miércoles, 5 de octubre de 2016

Fecha límite


El día apagaba las luces. Emergentes puntitos luminosos teñían de belleza un cielo con luna menguante mientras yo continuaba allí latente, sin dejar de cavilar, esperando que ocurriera lo que tanto tiempo había anhelado.
Se levantó una brisa placentera y fresca, preludio de que el desenlace estaba muy cerca. Era capaz de palparlo con mis manos, visualizarlo en mi mente. Aquel lugar, concienzudamente seleccionado, y aquel objeto me facilitarían poner el punto y final a la vida de Ernesto. Sin embargo, aún no había decidido cómo hacerlo. Era un simple asalariado, únicamente contaba con un plazo de liquidación. Tal vez lo más sensato sería aplicar mis recursos, dar un giro dramático, y arrojarlo por el acantilado.
Estaba realmente asqueado de esta situación de bloqueo. No dejaría pasar un día más. Ernesto me estaba jodiendo literalmente.
A pesar de mi desánimo, ya no había vuelta atrás. Quizá ni siquiera debía responsabilizarme de esta tarea yo mismo, no tenía un argumento sólido e intachable. A fin de cuentas, Olga era con diferencia la persona que más despreciaba a Ernesto. Después de diez años de noviazgo y tres más en unión conyugal, había descubierto su tapadera; tenía una doble vida que incluía un matrimonio feliz y unos retoños gemelos. Olga, frustrada por su incapacidad para proporcionarle descendencia, se culpaba continuamente de los altibajos en su relación. El pobre Ernesto parecía muy comprensivo con el contratiempo. La arropaba entre sus brazos planteándole un futuro cargado de amor en exclusividad, sin dosificación alguna. Ella sentía admiración por un ser que cargaba con mentiras enmascaradas y verdades a medias; un disfraz de neopreno a medida.
Cuando logró desataviarlo descubrió que éste camuflaba a un simple mortal. La caída del pedestal no fue fácil para ninguno de los dos, en especial para Ernesto, que decidió encargarse de su esposa antes de que cumpliese sus repetidas amenazas de delatarlo a «la otra». El intento de borrarla de un plumazo fue fallido, pero Olga perdió en el «accidente» la memoria transitoria. Ese capítulo de su vida había desaparecido.
El inspector encargado de investigar el caso, Martín Díaz, siempre sospechó de la implicación de Ernesto. Aunque, al no tener pruebas suficientes, solo podía catalogarlo de presunto homicida. En realidad, yo sabía de buena tinta todo lo que iba sucediendo, no fue difícil atar cabos sueltos. Además, me encargué personalmente de que el funcionario, con la pericia que te proporciona leer entre líneas, mencionase a Marta la existencia de Olga. Al fin y al cabo ningún cuentista debería resultar impune de sus enredos. Debía pagar el daño que había causado a ambas familias. Francamente, no se me ocurría mejor forma para concluir esta historia.
Un desvelo, provocado por una sobredosis de café, me llevó a afirmar que Martín sentía una atracción incontrolable por Ernesto. Y no era de extrañar, sus rasgos perfectamente modelados y el halo de misterio que envolvía su presencia, provocaba un deseo de acercamiento a cada uno de los movimientos inaccesibles del cuerpo de seguridad. Incapaz de mantener su profesionalidad por encima de sus deseos carnales, lanzó ciertos mariposeos a este, el cual no dudó en sucumbir a los encantos del inspector de policía.
Demasiados enredos en un cuarteto de desbarajustes emocionales. Cualquiera podía tener un motivo para completar esta trama de suspense sentimental.
Ernesto debía morir, eso era evidente. Lo que no tenía muy claro a manos de quién. Bueno, supongo que de las mías. ¿Que qué me había hecho a mí este tipo? Insomnio súbito, acompañado de parálisis escritural. Probablemente nada tan grave como al resto de personajes, salvo que ellos no tenían que dar explicaciones del retraso de la novela a ninguna editorial.
¿¡Para qué darle más vueltas!? Mi cerebro está encharcado en tinta china y forrado con papel fluting. Será breve, indoloro… Resbalará, sí, se deslizará por esa pendiente golpeándose con todos los matojos y ramas a su paso hasta estrellarse contra el agua. ¡Adiós, Ernesto!
No, no puedo acabar con mi bastardo. Supongo que después de 150 páginas he debido de encariñarme con el protagonista. He caído en mi propia vorágine de pasión irracional, de temor al fracaso. Mi obra huele a excrementos que no sirven para abonar mis propias letras ya podridas. Pero ¿y si esto se convierte en un best seller? ¿Una trilogía? Nunca supe descifrar el equilibrio entre la mediocridad y el éxito. ¡Basta! Será un final abierto, a gusto del consumidor, o qué lo remate un lector ávido de resarcimiento. ¡Te odio, Ernesto, con todo mi ordenador!

«Se levantó un viento desagradable y caluroso. Ernesto contempló en la ladera adyacente que una silueta oscura caminaba ágilmente hacia él… ».
FIN

jueves, 15 de septiembre de 2016

¿El amor nace de la vista?



El falso amor nace de la vista; la atracción que surge de la belleza externa, de lo superfluo. Algunos lo llaman sentimiento cuando quieren decir ¿deseo? Se podría clasificar tres etapas en las que el «amor» se pone en juego: amor inicial (atracción, deseo), amor intermedio (armonía emocional), y amor final (afecto, costumbre). Según los expertos, entre el primero y el último se manifiesta el término fidedigno, aunque, con el ánimo de abreviar, a todas las fases se las denomina con el mismo concepto. Este puente, que para algunos apenas dura unos pocos años, se cruza a ciegas. La sensación de permanecer invidente es maravillosa, la venda invisible cubre los ojos con tal firmeza que puedes caminar en una cuerda floja manteniendo un perfecto equilibrio. Solo cuando el vendaje cae, y regresa la luz natural, comienza la tercera y última etapa. Probablemente para ese momento ya usemos gafas progresivas o nos hayan diagnosticado unas incipientes cataratas, pero sin duda ese amor, sin ser el verdadero, es el más auténtico. Sí, ese que nos aleja la soledad y nos muestra las arrugas como vivencias, no como surcos asimétricos. Es el desenlace, dejamos atrás la física, y la química, para vivir la historia.

En resumen, la atracción nace de la vista y puede convertirse en amor. Este último nos hace perder completamente la visión.


lunes, 6 de junio de 2016

Posesión animal



De regreso a mi hogar podía avistar las ruinas de mi vida. Aquella bestia me había dominado hasta el extremo de sucumbir a su poder lascivo. No supe, o no quise, resistirme a hincar sus recién prestadas garras en lo prohibido. He de admitir que ella, nuestra presa, era una de las más bellas criaturas de la naturaleza. Aun así debí arrancar mis propias entrañas para matar el apetito. Debí. Ahora el monstruo que se alimentaba de mí estaba apaciguado; lo había encarcelado en la mazmorra de aquel hotel. No lo había vencido, no; simplemente le había dado lo que clamaba con la furia de un guerrero. Todavía moraba en mí su sed de alevosía. Mi yo racional, con el corazón rasgado, asumía cumplir condena por lo acometido. Estaba dispuesto a rendir cuentas a mis diosas. Entregarme a ellas como ofrenda a su propio capricho. Pero al cruzar el umbral de la puerta, la fiera despertó mis bajos instintos. No podía soportar que las pecas de mi hija dejasen de guiar mi destino. Me coloqué mi coraza de cobardía e hice un pacto con mi yo irracional: «Solo sería esa vez», le aventuré. Tarde o temprano ambos, hombre y animal, aniquilaríamos el recuerdo de haber acariciado otra piel. El silencio sería nuestro aliado; la mudez, mi penitencia. No podía confesar a mi esposa que le había sido infiel. «Solo una vez».
No obstante, la bestia se agita insistentemente en mi entrepierna. 
Ya van tres. Solo tres.


sábado, 14 de mayo de 2016

El náufrago



—¡Mira, Wilson, las condiciones climáticas son inmejorables, y la balsa ha quedado perfecta!
—¡Estoy hasta las pelotas de tu optimismo, Tom! —dijo el balón en tono enfadado, y añadió tras una pausa—: Podía estar ahora mismo jugando en la NBA... Tenía que haber viajado con SEUR, es la última vez que me pillo un vuelo de bajo coste —susurró consternado.
—No entiendo porque te rebotas tanto. Solo tenemos que esperar a que vengan a rescatarnos.
—Pero… ¡gilipollas!, ¿no has visto la peli? Yo me quedo fuera de juego. Creo que desde Forrest Gump estás tocado y, si no espabilas pronto, hundido.
—No te comas el coco. ¡Más que nada, porque solo queda uno! Esta vez no voy a permitir que termines flotando sin dirección. Eres mi mejor amigo —afirmó Tom Hanks.
—¡Eres un pelota!¡Me tienes harto! Todo el día lloriqueando por la rubia esa, cuando todos sabemos que te la está pegando con otro… Hala, ¡ya me he desinflado!
—¡No digas eso Wilson! —exclamó Tom a media voz entretanto hacía pucheros observando la foto desgastada de su prometida.
—¡Tremendo blandengue! Por cierto, ¿sabías que estás en pelota picada? ¡Ponte un taparrabos! ¡Y aféitate, coño! —gritó el balón mientras daba un giro de 180 grados.
—Wilson, colega, ¿¡dónde vas!? ¡Espera! Está chispeando, ¡te vas a mojar!
—Tío, no te soporto más. Eres patético. ¡Adiós! —alegó el balón al mismo tiempo que se lanzaba de un bote al agua.
—Nunca me rendiré, Wilson. Te lo prometo —dijo Tom cuando intentaba hundir la pelota.

—¡Nenaza, eso es del Titanic!¡Qué te folle un pez espada!

martes, 8 de marzo de 2016

Nahel y mis musas




Estaba totalmente absorta en mis pensamientos, recreándome en mi mediocridad, cuando de repente escuché una vocecita que captó mi atención. 
—¡Oye, tú!
Volteé mi cabeza hacía ambos lados sin intuir quién clamaba incesantemente por mi atención. Tras oír chistar varias veces, pregunté con inquietud:
—¿Me hablas a mí?
—Claro. ¿A quién si no? ¿Tú eres la que quiere escribir una historia? ¿O me equivoco?
—Supongo que no. Quiero decir, deduzco que te refieres a mí.
—¿Y por qué te has detenido?
—Porque me he quedado bloqueada. No consigo idear absolutamente nada.
—¿Nada de nada? Y entonces, ¿qué pasa conmigo?
—¿Contigo?
—Sí. Tú eres mi creadora. ¿Me conviertes en “alguien” para dejarme así sin más?
—Lo siento, pero, como te decía, no sé qué hacer contigo.
—Vamos a ver… Me has llamado Nahel, me has caracterizado con cabeza de ratón, alas diminutas de dragón, dientes afilados de serpiente… No sé, piensa... ¿Podrías hacerme partícipe de alguna aventura, no?
—Imagino. Vivirás en un país fantástico, tendrás varios enemigos y obstáculos a los que enfrentarte para posteriormente vencerlos a todos y ser el más admirado del reino. Colorín colorado
—¡Pues vaya porquería!
—¡Eh, tú, personajillo, sin insultar!
—No lo trataba, usted perdone si se ha sentido ofendida. ¿Tú eres la que aspira a ser escritora?
—Eso pretendía —contesté con desaliento.
—En serio, es que tienes una chispa, je, je. Me troncho —dijo la vocecita repelente mientras se partía el culo de… mmm… sapo repugnante (por improvisar algo) a mi costa.
—Yo no le veo la gracia. Estoy pasando por un momento complicado, ¡vale!
—¡No vale! ¿Acaso tú no tienes musas? Todos gozan de ellas, incluso aquellos que nunca se han percatado de su existencia.
—Sí, las tenía hasta hace unas horas, después se han silenciado.
—Verás, si me lo hubieses dicho antes... ¡Yo tengo un don para las mujeres! —alardeó el «pedazo de animal» mostrando un tono de voz más varonil.
—¡Pero yo no te he asignado esa característica antes de mi problema creativo! —reprendí al recién estrenado «don Juan».
—Lo sé. Sin embargo, lo que tú pareces no saber es que cada personaje tiene vida propia.
—Entonces, ¿tú puedes ser lo que quieras ser?
—Elemental, querida juntaletras. Ser o no ser. De hecho, me he puesto las alas más grandes, las tuyas me parecían ridículas. Y nada de sapo, ¡qué te he oído, aspirante al Nobel de Literatura! Y pienso tener más compañeros en mis aventuras, e incluso darle un giro a tu idea que empieza a estar muy trillada. Fíjate, lo mismo hasta termino eternamente condenado por culpa de un hechizo que me obligue a devorar escritores cuando estos pierdan la inspiración. Ejem.
—Alucinante. Sigue, sigue… ¿O es una indirecta?
—Tú lo que quieres es que te haga el trabajo sucio. A mí lo de redactar no se me da bien. Mejor me espero, estoy intentando conseguir una cita con una de tus musas. ¡No veas cómo está la jodía, de toma pan y moja!
—¡¿Puedes verlas?! No sabes cuánto te admiro. Me gustaría ser como tú…
—¿Bromeas? ¿Un personaje ficticio fabricado con trozos de animales que quiere tirarse a tus musas?
—¡No, hombre! Bueno, personaje; quiero decir, tan imaginativo como tú.
—Tal vez si reparases en que estás hablando contigo misma en este instante, tu idea cambiaría.
—No te entiendo.
—Tronca, ¡qué estás hablando tú sola!
—¡Vaya, es verdad!
—Pues eso, escribe más, ¡caray! O visita a un psiquiatra. Pero deja de rayarme. Haz que en mi vida pasen cosas. Y ya de paso, en la tuya.
—Llevas razón. Gracias, Nahel.
—Un placer, querida. Y no molestes más, ya tengo a la gachí medio camelada.
En ese instante Nahel, justo cuando creía estar perdido en aquel lugar, atrapado por el embrujo de la soledad, se tropezó con una chica que revoloteaba como una pequeña hada en busca de inspiración…
—Oye, Nahel. ¿Qué te parece? Creo que han regresado las musas. Mira lo que he escrito. ¡¿Nahel?! ¿Qué significan esos gemidos? ¿Musas? Na-hel… ¡Nooo!

domingo, 7 de febrero de 2016

¡Miau!






Cuando eres un gato callejero que alguien ha querido adoptar, debe tener presente que eres difícil de domesticar. No debe dejarse llevar por tu parte tierna, porque han sido infinitas las situaciones en las que has sobrevivido gracias a tu instinto felino y a pasear por los tejados sorteando los peligros en las noches de luna llena, flirteando con malas compañías, buscando una presa que te sirviera de cena sorpresa. Será un reto ganarse tu confianza y que le regales un maullido sin quedarte dormido. Y aun así, siempre estarás alerta con tus oídos ultrasónicos, por si se cruza un gato negro más apuesto e irónico. Las calles te han enseñado a que el que hoy te da comida, mañana te la puede quitar, y que de cazar ratones no te debes olvidar; que una vez sobreviviste sin nada y que en caso necesario volverás a las andadas. Pero si le ronroneas y le aguantas la mirada..., ya te tiene ganado en cuerpo y alma. Además, si un gato te da un lamido, es que te está haciendo un cumplido.
Mi parte gatuna te sugiere que: no me toques los bigotes o te sacaré las uñas; te ayudaré en tus días más negros, yo puedo ver en la oscuridad; si alguna vez me pierdo, por mi nariz me reconocerás; si me bañas, la curiosidad te matará; valoro mi tiempo, no me hagas perder siete vidas más; la casa ahora es mi territorio, y tú mi inquilino —lo he marcado—, acuéstate boca arriba y seremos aliados; no me busques los tres pies o encontrarás cuatro, no hay gato encerrado, o serás tú el que acabará escaldado; mi corazón palpita más despacio, en cuanto te descuides y no me cuides te mordisquearé tus zapatos; recuerda que soy alérgica al chocolate, o acabarán llamándote matagatos; no me metas prisa cuando me esté acicalando, y no me vengas con eso de que por la noche todos los gatos son pardos; si me pillas en celo y me froto contra ti, no te asustes, tal vez quiera recordar cómo se hacen los gatitos, y esperaré como buena minina que me muestres tu cariño agitando tu rabito; arañaré tus rincones o los colorearé, no me castigues que no te entenderé, solo recompénsame despacio. Y no olvides que los gatos también hemos viajado al espacio.
  

"Mi nuevo bichito. Una feliz relación de amor y bocados" 

martes, 12 de enero de 2016

Apestas a mentira


Entre tú y yo: ¡apestas a mentira!
De esas que huelen a verdades a medias,
a orgasmos fingidos entre vómitos de amor,
a "te quieros" sin ninguna condición, ¡ja!

Aún tengo rastros de aquel whisky barato
en recovecos de mi cuerpo a medio cocer
con sexo pagado sin dinero
solo con las puñaladas del deseo,
con una palmadita en el trasero
y un: “Nena, ¡ya nos volveremos a ver!”.

En un mundo podrido de estercoleros
es ilógico que mi olor preferido sea el de tu cuerpo.
Pero así es.

Por eso te regalo mi disfraz perfumado;
ya no necesito vestir mi cuerpo
con salivas de otros miedos
ni con migajas de un delirio pasajero
para llenar mi depósito de porqués.

Devuélveme una pasión diestra,
una caricia verdadera,
que confirme de una vez por todas
la chamusquina que exhala tu piel.

Mientras seguiré odiándote a tientas,
deseándote a ciegas,
infectándome con tus pecas,
completando tu puzle de tretas…
¡Deja de manosearme las tetas, joder!

Se acabaron los coitus interrutus...
En la trinchera de mis piernas
solo penetran aliados
que con el arte del disparate
sepan engañarme con latex.

¿Me estás escuchando?
No, no es producto de la ira.
Sinceramente, cariño, apestas a mentira.
Pero eso, que quede entre tú y yo.

martes, 22 de diciembre de 2015

El pacifista








—Departamento de Atención al Cliente del Polo Norte. Le atiende Josefa la elfa, ¿en qué puedo ayudarle?

—Hola. Me llamo Federico y estoy enfadadísimo.

—Hola, Federico. ¿No le ha enviado Santa el regalo que ha pedido? Un momento. Voy a comprobar sus datos. Permanezca en espera. (Jingle Bells…) Le paso con Quejas y Reclamaciones.

—Le atiende Alfredo el reno. Disculpe, teníamos anotado que ha solicitado La Paz Mundial. Hemos subsanado el error a tiempo. Le ha sido enviado el juego Star Wars: Battlefront compatible con Xbox One, Playstation 4, Nintendo Wii…

—Pero yo quería…

—Departamento de Imposibles. Le atiende…




miércoles, 11 de noviembre de 2015

El rey de la arena


En el Amphitheatrum Flavium todo estaba preparado para el inicio del espectáculo. Únicamente faltaba la presencia del emperador Tito Flavio y de los senadores. Los miembros ilustres de la sociedad, al igual que la plebe, ya habían ocupado sus posiciones. Los contrincantes aguardaban su turno en los sótanos de las instalaciones en espera de ser nominados a una lucha a muerte. El sonido de un cuerno anunciaba la llegada del Emperador junto a su cortejo. Todos los asistentes se alzaban de sus asientos, guardando silencio para el solemne recibimiento. Consecutivamente, comenzaban los vítores del público deseoso de iniciar el entretenimiento cruel y sanguinario. Las cinco gradas estaban repletas. La afición del público era desmedida. Mientras, en el lado oculto del recinto, los combatientes lamentaban o ansiaban el momento de ser protagonistas. Algunos prisioneros o condenados no tenían elección, otros pagaban para demostrar su fortaleza ganándose la admiración del pueblo romano.
—Papá, tengo miedo. Nos tratan como esclavos. No entiendo por qué disfrutan haciéndonos daño…
—No te preocupes, Simbus. Te he estado adiestrando toda la vida para ser el más valiente y temido.
—Pero, papá, tú me has entrenado para sobrevivir, no para morir. Carpóforo ha matado a muchos de los nuestros. Lo odio, pero nunca he asesinado por esa razón. Además, es apodado como Hércules, ¿cómo puedo vencer a un héroe?
—No olvides que en la Antigüedad nosotros también éramos tratados como dioses. Tú eres muy poderoso. Su tamaño no te debe achantar, ¿acaso no ves lo que has crecido?
—Pero él posee instrumentos para protegerse. Me siento muy indefenso, papá.
—Eres fuerte y robusto. La naturaleza te ha otorgado tus propias armas. Al mismo tiempo, tú puedes correr veloz y saltar con gran agilidad. Quizá no has observado cómo nos mira el emperador Tito. Sabe que somos más majestuosos que él.
—No lo sé, papá. Escuché que seríamos unos buenos anfitriones para la cena de esta noche. Es un ser hipócrita, me recuerda muchísimo al tito Scarus. Me huele a que quiere hincarnos el diente.
—Para iniciar el espectáculo se enfrentarán Carpóforo contra Simbus —vociferaba el presentador.
A continuación, se abrieron las rejas que comunicaban la galería con el sótano.
—Es tu turno, hijo. Afílate tus garras. Demuéstrales quién es el rey de la arena.

Minutos después se oyó un rugido atroz. Carpóforo había atravesado el cuerpo de Simbus con una lanza. Mufasus no podía soportar como aquel humano, al cual habían divinizado, acababa con la vida de su único hijo. La plebe, por aclamación, exigía un desenlace. Corrió, rompiendo con furia la cadena que oprimía su pescuezo, adentrándose por el corredor hasta la reja. La derribó, con su propio cuerpo, avanzando hasta el centro de la arena. Allí observó que Carpóforo, inclinándose sobre el cuerpo de Simbus, agarraba con su mano derecha alzada una daga con el propósito de darle fin a la vida de su vástago. Mufasus se lanzó contra su enemigo para ayudar a su hijo, atrapando entre sus zarpas al bestiarius sin piedad; dejándolo ensangrentado yaciendo en la tierra. El gladiador fue vencido por una bestia con sed de venganza. Mufasus nunca antes había aniquilado a una presa por esta causa. Ningún guerrero puede ser más poderoso que un padre defendiendo a su hijo. Pero su triunfo no le mantuvo a salvo por mucho tiempo. Varios luchadores fueron emplazados para acabar con ambos. Finalmente, tras una ardua batalla, el rey fue destronado. Junto a su hijo sirvió de exquisito manjar en el fastuoso banquete romano. Todo en homenaje al salvaje «Hércules», que bajó de su pedestal al ser derrotado por una fiera indefensa.


martes, 10 de noviembre de 2015

Sexo digital




Micro seleccionado -entre 1.400 presentados- para el I Concurso de Microrrelatos eróticos de la web DSS  “Erotismo en estado puro" que formará parte de la antología digital que llevará el mismo nombre.



Escribir en 5 líneas un relato erótico que deje a todos con la boca abierta... ¡Quiero escribir sobre sexo! Pero a mí esta palabra me produce unas ganas irremediables de acariciar mi propio cuerpo. Tal vez sea capaz de describir un orgasmo con versos, aunque ¿no es mejor dejar las teclas y colocar mis dedos en un lugar estratégico?¿Es posible divertirse tanto queriendo tocar un texto? 



miércoles, 4 de noviembre de 2015

El poder de un libro



Era un día triste de lluvia, una de esas típicas tardes sobrecargadas de melancolía en que no sabes en qué malgastar el tiempo para hacer que corra más deprisa. O, al menos, eso pensaba Alicia, que ya había mirado un centenar de veces todas sus redes sociales y contactado con todas sus amistades vía Whatsapp.
Lo cierto es que Alicia no tenía ningún plan específico para consumir aquel compás de espera que parecía prolongarse hasta el infinito. Para ella, una chica de catorce años que anhela conquistar la mayoría de edad para sentirse al fin libre y dueña de sus actos, aquel lapso suponía una agónica espera. Alicia aún no había aprendido que la libertad no necesariamente se consigue con la mayoría de edad.
Invadida por el hastío veía caer la lluvia a través de la ventana, cuando, con un giro de cabeza, su mirada se detuvo en una estantería repleta de libros heredados de su madre. Aquellos libros simbolizaban un testamento aún por hojear, albergando en silencio la esperanza de ser leídos por aquella a la que su anterior propietaria había designado como su legítima heredera.
Hacía años que Alicia no tenía entre sus manos un libro sin que mediase la obligación de leerlo; tantos que apenas recordaba cuándo había sido la última vez que leyó por placer. Al igual que la mayoría de sus amigas adolescentes, la lectura fuera de su rutina escolar no entraba en sus planes.
De repente, le vino a la memoria el placer que experimentaba de pequeña al meterse en la cama y escuchar la dulce voz de su madre narrándole la historia de aquel lobo feroz que intentaba derribar con potentes soplidos las pequeñas casas de aquellos tres alegres cerditos, y cómo sus párpados se iban cerrando lentamente mientras su madre ponía voz a los personajes del cuento. Por unos instantes añoró volver a aquel pasado que le hacía soñar despierta.
Alargó su brazo y tomó uno de aquellos libros de la estantería. Leyó el título en la portada: La historia interminable. «Cómo este día de mierda», pensó.
Ni siquiera lo abrió por la primera página, que hubiese sido lo normal, sino que lo hizo avanzar, pues tal era su aburrimiento. Se recostó sobre la cama y comenzó a leer con pereza.

«Los dragones de la suerte son de los animales más raros de Fantasía. No se parecen en nada a los dragones corrientes ni a los célebres que, como serpientes enormes y asquerosas, viven en las profundas entrañas de la tierra, apestan y vigilan algún tesoro real o imaginario. Estos engendros del caos son casi siempre perversos o huraños, tienen alas parecidas a las de los murciélagos, con las que pueden remontarse en el aire ruidosa y pesadamente, y escupen fuego y humo. En cambio, los dragones de la suerte son criaturas del aire y del buen tiempo, de una alegría desenfrenada y, a pesar de su colosal tamaño, ligeros como una nubecilla de verano. Por eso no necesitan alas para volar. Nadan por los aires del cielo lo mismo que los peces en el agua. Desde tierra, parecen relámpagos lentos. Y lo más maravilloso en ellos es su canto. Su voz es como el repicar de una gran campana y, cuando hablan en voz baja, es como si se oyera el sonido de esa campana en la distancia. Quien escucha alguna vez su canto, no lo olvida en la vida y sigue hablando de él a sus nietos».

Alicia se incorporó vigorosa. Su corazón palpitante parecía querer salir de su pecho. Mientras leía esas líneas había contemplado a esos mismos dragones hasta el punto de poder describirlos a la perfección, sentir el calor de su fuego y escuchar el murmullo de su canto. Por un instante su mundo había sido Fantasía; un lugar lleno de colores de la naturaleza, con un palacio en el que destacaba una gran torre de marfil y en el que pudo ver a un niño caminando por un sendero…
Desconcertada, y sin saber muy bien qué había ocurrido, cerró el libro, devolviéndolo a su lugar en aquella nutrida estantería que durante tantos años había pasado desapercibida ante sus ojos.
Minutos más tarde cogió otro libro; y luego otro, y después otro más. Cada nueva línea que leía conseguía transportarla a una nueva dimensión totalmente desconocida para ella. Así consiguió ponerse en el pellejo de un joven aprendiendo a ser mago, siguió pistas que habían dejado unos templarios e incluso sintió el ardor de su cuerpo haciendo el amor por primera vez.
Se notaba confusa, atrapada y liberada al mismo tiempo, y con una extraña sensación, como de volar sin alas, que le producía seguridad y vértigo a partes iguales. Había vivido un sinfín de aventuras sin tan siquiera poner un pie fuera de su habitación. Por primera vez en su vida sintió la necesidad de devorar la palabra escrita.
Pensó que tal vez había caído víctima de un mágico encantamiento que sólo la afectaba a ella. Era un leve temor que la embargaba; pero no de los que paraliza, sino de los que te empujan a ir más allá en busca de respuestas.
Acudió a su madre. Para ella, su madre siempre había sido su mejor confidente.
—Mamá, ¡es extraordinario lo que me ha ocurrido! —dijo Alicia muy excitada.
A partir de aquí se volcó en contarle a su madre todo lo que había experimentado en la soledad de su cuarto. Y mientras lo hacía, en el rostro de su madre se iba dibujando una sonrisa cargada de orgullo y profunda emoción.
Cuando Alicia acabó de relatar lo sucedido su madre le apartó con dulzura el pelo que le caía sobre el rostro.
—Tranquila, tesoro. No debes asustarte. Y sí, llevas razón. Sentir la magia que encierran las páginas de un libro es algo extraordinario que no todo el mundo consigue experimentar. Es el poder de tu imaginación quien prolonga ese poderoso hechizo, y es tu fantasía quien te hace vivir las historias con tanta intensidad que las hace reales durante un fragmento de tiempo. ¿Verdad que siempre encajas en la piel de un protagonista?  —Alicia asintió con un gesto—. Eso es exactamente lo que quería que un día pudieses experimentar. Por eso dejé todos esos libros allí, en tu cuarto. No se puede forzar a alguien a leer un libro, porque esa magia se rompe. Dime, ¿recuerdas por qué papá y yo decidimos llamarte Alicia?
—Por el libro de Alicia en el país de las maravillas.
—Ese fue el primer libro con el que aprendí a proyectar las letras, a disfrutar del mismo entusiasmo que tú ahora. ¡Bienvenida a tu particular país de las maravillas, mi querida Alicia! Aquí no hay reglas; sólo el poder de un libro y los límites que imponga tu imaginación. No sabes lo feliz que me hace el ver que tú misma has decidido abrir tu mente a nuevas experiencias, que al fin has aprendido a leer con todos tus sentidos. ¿Me acompañas a la librería de la esquina? Ahora que estás preparada no se me ocurre mejor regalo para ti que un libro. Pero esta vez, él te elegirá a ti.
Alicia giró la cabeza y, mientras observaba aquellos libros que pacientes aguardaban su turno en aquella nutrida estantería, al fin descubrió dónde se hallaba su verdadera libertad.



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