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martes, 8 de marzo de 2016

Nahel y mis musas




Estaba totalmente absorta en mis pensamientos, recreándome en mi mediocridad, cuando de repente escuché una vocecita que captó mi atención. 
—¡Oye, tú!
Volteé mi cabeza hacía ambos lados sin intuir quién clamaba incesantemente por mi atención. Tras oír chistar varias veces, pregunté con inquietud:
—¿Me hablas a mí?
—Claro. ¿A quién si no? ¿Tú eres la que quiere escribir una historia? ¿O me equivoco?
—Supongo que no. Quiero decir, deduzco que te refieres a mí.
—¿Y por qué te has detenido?
—Porque me he quedado bloqueada. No consigo idear absolutamente nada.
—¿Nada de nada? Y entonces, ¿qué pasa conmigo?
—¿Contigo?
—Sí. Tú eres mi creadora. ¿Me conviertes en “alguien” para dejarme así sin más?
—Lo siento, pero, como te decía, no sé qué hacer contigo.
—Vamos a ver… Me has llamado Nahel, me has caracterizado con cabeza de ratón, alas diminutas de dragón, dientes afilados de serpiente… No sé, piensa... ¿Podrías hacerme partícipe de alguna aventura, no?
—Imagino. Vivirás en un país fantástico, tendrás varios enemigos y obstáculos a los que enfrentarte para posteriormente vencerlos a todos y ser el más admirado del reino. Colorín colorado
—¡Pues vaya porquería!
—¡Eh, tú, personajillo, sin insultar!
—No lo trataba, usted perdone si se ha sentido ofendida. ¿Tú eres la que aspira a ser escritora?
—Eso pretendía —contesté con desaliento.
—En serio, es que tienes una chispa, je, je. Me troncho —dijo la vocecita repelente mientras se partía el culo de… mmm… sapo repugnante (por improvisar algo) a mi costa.
—Yo no le veo la gracia. Estoy pasando por un momento complicado, ¡vale!
—¡No vale! ¿Acaso tú no tienes musas? Todos gozan de ellas, incluso aquellos que nunca se han percatado de su existencia.
—Sí, las tenía hasta hace unas horas, después se han silenciado.
—Verás, si me lo hubieses dicho antes... ¡Yo tengo un don para las mujeres! —alardeó el «pedazo de animal» mostrando un tono de voz más varonil.
—¡Pero yo no te he asignado esa característica antes de mi problema creativo! —reprendí al recién estrenado «don Juan».
—Lo sé. Sin embargo, lo que tú pareces no saber es que cada personaje tiene vida propia.
—Entonces, ¿tú puedes ser lo que quieras ser?
—Elemental, querida juntaletras. Ser o no ser. De hecho, me he puesto las alas más grandes, las tuyas me parecían ridículas. Y nada de sapo, ¡qué te he oído, aspirante al Nobel de Literatura! Y pienso tener más compañeros en mis aventuras, e incluso darle un giro a tu idea que empieza a estar muy trillada. Fíjate, lo mismo hasta termino eternamente condenado por culpa de un hechizo que me obligue a devorar escritores cuando estos pierdan la inspiración. Ejem.
—Alucinante. Sigue, sigue… ¿O es una indirecta?
—Tú lo que quieres es que te haga el trabajo sucio. A mí lo de redactar no se me da bien. Mejor me espero, estoy intentando conseguir una cita con una de tus musas. ¡No veas cómo está la jodía, de toma pan y moja!
—¡¿Puedes verlas?! No sabes cuánto te admiro. Me gustaría ser como tú…
—¿Bromeas? ¿Un personaje ficticio fabricado con trozos de animales que quiere tirarse a tus musas?
—¡No, hombre! Bueno, personaje; quiero decir, tan imaginativo como tú.
—Tal vez si reparases en que estás hablando contigo misma en este instante, tu idea cambiaría.
—No te entiendo.
—Tronca, ¡qué estás hablando tú sola!
—¡Vaya, es verdad!
—Pues eso, escribe más, ¡caray! O visita a un psiquiatra. Pero deja de rayarme. Haz que en mi vida pasen cosas. Y ya de paso, en la tuya.
—Llevas razón. Gracias, Nahel.
—Un placer, querida. Y no molestes más, ya tengo a la gachí medio camelada.
En ese instante Nahel, justo cuando creía estar perdido en aquel lugar, atrapado por el embrujo de la soledad, se tropezó con una chica que revoloteaba como una pequeña hada en busca de inspiración…
—Oye, Nahel. ¿Qué te parece? Creo que han regresado las musas. Mira lo que he escrito. ¡¿Nahel?! ¿Qué significan esos gemidos? ¿Musas? Na-hel… ¡Nooo!

domingo, 7 de febrero de 2016

¡Miau!






Cuando eres un gato callejero que alguien ha querido adoptar, debe tener presente que eres difícil de domesticar. No debe dejarse llevar por tu parte tierna, porque han sido infinitas las situaciones en las que has sobrevivido gracias a tu instinto felino y a pasear por los tejados sorteando los peligros en las noches de luna llena, flirteando con malas compañías, buscando una presa que te sirviera de cena sorpresa. Será un reto ganarse tu confianza y que le regales un maullido sin quedarte dormido. Y aun así, siempre estarás alerta con tus oídos ultrasónicos, por si se cruza un gato negro más apuesto e irónico. Las calles te han enseñado a que el que hoy te da comida, mañana te la puede quitar, y que de cazar ratones no te debes olvidar; que una vez sobreviviste sin nada y que en caso necesario volverás a las andadas. Pero si le ronroneas y le aguantas la mirada..., ya te tiene ganado en cuerpo y alma. Además, si un gato te da un lamido, es que te está haciendo un cumplido.
Mi parte gatuna te sugiere que: no me toques los bigotes o te sacaré las uñas; te ayudaré en tus días más negros, yo puedo ver en la oscuridad; si alguna vez me pierdo, por mi nariz me reconocerás; si me bañas, la curiosidad te matará; valoro mi tiempo, no me hagas perder siete vidas más; la casa ahora es mi territorio, y tú mi inquilino —lo he marcado—, acuéstate boca arriba y seremos aliados; no me busques los tres pies o encontrarás cuatro, no hay gato encerrado, o serás tú el que acabará escaldado; mi corazón palpita más despacio, en cuanto te descuides y no me cuides te mordisquearé tus zapatos; recuerda que soy alérgica al chocolate, o acabarán llamándote matagatos; no me metas prisa cuando me esté acicalando, y no me vengas con eso de que por la noche todos los gatos son pardos; si me pillas en celo y me froto contra ti, no te asustes, tal vez quiera recordar cómo se hacen los gatitos, y esperaré como buena minina que me muestres tu cariño agitando tu rabito; arañaré tus rincones o los colorearé, no me castigues que no te entenderé, solo recompénsame despacio. Y no olvides que los gatos también hemos viajado al espacio.
  

"Mi nuevo bichito. Una feliz relación de amor y bocados" 

martes, 12 de enero de 2016

Apestas a mentira


Entre tú y yo: ¡apestas a mentira!
De esas que huelen a verdades a medias,
a orgasmos fingidos entre vómitos de amor,
a "te quieros" sin ninguna condición, ¡ja!

Aún tengo rastros de aquel whisky barato
en recovecos de mi cuerpo a medio cocer
con sexo pagado sin dinero
solo con las puñaladas del deseo,
con una palmadita en el trasero
y un: “Nena, ¡ya nos volveremos a ver!”.

En un mundo podrido de estercoleros
es ilógico que mi olor preferido sea el de tu cuerpo.
Pero así es.

Por eso te regalo mi disfraz perfumado;
ya no necesito vestir mi cuerpo
con salivas de otros miedos
ni con migajas de un delirio pasajero
para llenar mi depósito de porqués.

Devuélveme una pasión diestra,
una caricia verdadera,
que confirme de una vez por todas
la chamusquina que exhala tu piel.

Mientras seguiré odiándote a tientas,
deseándote a ciegas,
infectándome con tus pecas,
completando tu puzle de tretas…
¡Deja de manosearme las tetas, joder!

Se acabaron los coitus interrutus...
En la trinchera de mis piernas
solo penetran aliados
que con el arte del disparate
sepan engañarme con latex.

¿Me estás escuchando?
No, no es producto de la ira.
Sinceramente, cariño, apestas a mentira.
Pero eso, que quede entre tú y yo.

martes, 22 de diciembre de 2015

El pacifista








—Departamento de Atención al Cliente del Polo Norte. Le atiende Josefa la elfa, ¿en qué puedo ayudarle?

—Hola. Me llamo Federico y estoy enfadadísimo.

—Hola, Federico. ¿No le ha enviado Santa el regalo que ha pedido? Un momento. Voy a comprobar sus datos. Permanezca en espera. (Jingle Bells…) Le paso con Quejas y Reclamaciones.

—Le atiende Alfredo el reno. Disculpe, teníamos anotado que ha solicitado La Paz Mundial. Hemos subsanado el error a tiempo. Le ha sido enviado el juego Star Wars: Battlefront compatible con Xbox One, Playstation 4, Nintendo Wii…

—Pero yo quería…

—Departamento de Imposibles. Le atiende…




miércoles, 11 de noviembre de 2015

El rey de la arena


En el Amphitheatrum Flavium todo estaba preparado para el inicio del espectáculo. Únicamente faltaba la presencia del emperador Tito Flavio y de los senadores. Los miembros ilustres de la sociedad, al igual que la plebe, ya habían ocupado sus posiciones. Los contrincantes aguardaban su turno en los sótanos de las instalaciones en espera de ser nominados a una lucha a muerte. El sonido de un cuerno anunciaba la llegada del Emperador junto a su cortejo. Todos los asistentes se alzaban de sus asientos, guardando silencio para el solemne recibimiento. Consecutivamente, comenzaban los vítores del público deseoso de iniciar el entretenimiento cruel y sanguinario. Las cinco gradas estaban repletas. La afición del público era desmedida. Mientras, en el lado oculto del recinto, los combatientes lamentaban o ansiaban el momento de ser protagonistas. Algunos prisioneros o condenados no tenían elección, otros pagaban para demostrar su fortaleza ganándose la admiración del pueblo romano.
—Papá, tengo miedo. Nos tratan como esclavos. No entiendo por qué disfrutan haciéndonos daño…
—No te preocupes, Simbus. Te he estado adiestrando toda la vida para ser el más valiente y temido.
—Pero, papá, tú me has entrenado para sobrevivir, no para morir. Carpóforo ha matado a muchos de los nuestros. Lo odio, pero nunca he asesinado por esa razón. Además, es apodado como Hércules, ¿cómo puedo vencer a un héroe?
—No olvides que en la Antigüedad nosotros también éramos tratados como dioses. Tú eres muy poderoso. Su tamaño no te debe achantar, ¿acaso no ves lo que has crecido?
—Pero él posee instrumentos para protegerse. Me siento muy indefenso, papá.
—Eres fuerte y robusto. La naturaleza te ha otorgado tus propias armas. Al mismo tiempo, tú puedes correr veloz y saltar con gran agilidad. Quizá no has observado cómo nos mira el emperador Tito. Sabe que somos más majestuosos que él.
—No lo sé, papá. Escuché que seríamos unos buenos anfitriones para la cena de esta noche. Es un ser hipócrita, me recuerda muchísimo al tito Scarus. Me huele a que quiere hincarnos el diente.
—Para iniciar el espectáculo se enfrentarán Carpóforo contra Simbus —vociferaba el presentador.
A continuación, se abrieron las rejas que comunicaban la galería con el sótano.
—Es tu turno, hijo. Afílate tus garras. Demuéstrales quién es el rey de la arena.

Minutos después se oyó un rugido atroz. Carpóforo había atravesado el cuerpo de Simbus con una lanza. Mufasus no podía soportar como aquel humano, al cual habían divinizado, acababa con la vida de su único hijo. La plebe, por aclamación, exigía un desenlace. Corrió, rompiendo con furia la cadena que oprimía su pescuezo, adentrándose por el corredor hasta la reja. La derribó, con su propio cuerpo, avanzando hasta el centro de la arena. Allí observó que Carpóforo, inclinándose sobre el cuerpo de Simbus, agarraba con su mano derecha alzada una daga con el propósito de darle fin a la vida de su vástago. Mufasus se lanzó contra su enemigo para ayudar a su hijo, atrapando entre sus zarpas al bestiarius sin piedad; dejándolo ensangrentado yaciendo en la tierra. El gladiador fue vencido por una bestia con sed de venganza. Mufasus nunca antes había aniquilado a una presa por esta causa. Ningún guerrero puede ser más poderoso que un padre defendiendo a su hijo. Pero su triunfo no le mantuvo a salvo por mucho tiempo. Varios luchadores fueron emplazados para acabar con ambos. Finalmente, tras una ardua batalla, el rey fue destronado. Junto a su hijo sirvió de exquisito manjar en el fastuoso banquete romano. Todo en homenaje al salvaje «Hércules», que bajó de su pedestal al ser derrotado por una fiera indefensa.


martes, 10 de noviembre de 2015

Sexo digital




Micro seleccionado -entre 1.400 presentados- para el I Concurso de Microrrelatos eróticos de la web DSS  “Erotismo en estado puro" que formará parte de la antología digital que llevará el mismo nombre.



Escribir en 5 líneas un relato erótico que deje a todos con la boca abierta... ¡Quiero escribir sobre sexo! Pero a mí esta palabra me produce unas ganas irremediables de acariciar mi propio cuerpo. Tal vez sea capaz de describir un orgasmo con versos, aunque ¿no es mejor dejar las teclas y colocar mis dedos en un lugar estratégico?¿Es posible divertirse tanto queriendo tocar un texto? 



miércoles, 4 de noviembre de 2015

El poder de un libro



Era un día triste de lluvia, una de esas típicas tardes sobrecargadas de melancolía en que no sabes en qué malgastar el tiempo para hacer que corra más deprisa. O, al menos, eso pensaba Alicia, que ya había mirado un centenar de veces todas sus redes sociales y contactado con todas sus amistades vía Whatsapp.
Lo cierto es que Alicia no tenía ningún plan específico para consumir aquel compás de espera que parecía prolongarse hasta el infinito. Para ella, una chica de catorce años que anhela conquistar la mayoría de edad para sentirse al fin libre y dueña de sus actos, aquel lapso suponía una agónica espera. Alicia aún no había aprendido que la libertad no necesariamente se consigue con la mayoría de edad.
Invadida por el hastío veía caer la lluvia a través de la ventana, cuando, con un giro de cabeza, su mirada se detuvo en una estantería repleta de libros heredados de su madre. Aquellos libros simbolizaban un testamento aún por hojear, albergando en silencio la esperanza de ser leídos por aquella a la que su anterior propietaria había designado como su legítima heredera.
Hacía años que Alicia no tenía entre sus manos un libro sin que mediase la obligación de leerlo; tantos que apenas recordaba cuándo había sido la última vez que leyó por placer. Al igual que la mayoría de sus amigas adolescentes, la lectura fuera de su rutina escolar no entraba en sus planes.
De repente, le vino a la memoria el placer que experimentaba de pequeña al meterse en la cama y escuchar la dulce voz de su madre narrándole la historia de aquel lobo feroz que intentaba derribar con potentes soplidos las pequeñas casas de aquellos tres alegres cerditos, y cómo sus párpados se iban cerrando lentamente mientras su madre ponía voz a los personajes del cuento. Por unos instantes añoró volver a aquel pasado que le hacía soñar despierta.
Alargó su brazo y tomó uno de aquellos libros de la estantería. Leyó el título en la portada: La historia interminable. «Cómo este día de mierda», pensó.
Ni siquiera lo abrió por la primera página, que hubiese sido lo normal, sino que lo hizo avanzar, pues tal era su aburrimiento. Se recostó sobre la cama y comenzó a leer con pereza.

«Los dragones de la suerte son de los animales más raros de Fantasía. No se parecen en nada a los dragones corrientes ni a los célebres que, como serpientes enormes y asquerosas, viven en las profundas entrañas de la tierra, apestan y vigilan algún tesoro real o imaginario. Estos engendros del caos son casi siempre perversos o huraños, tienen alas parecidas a las de los murciélagos, con las que pueden remontarse en el aire ruidosa y pesadamente, y escupen fuego y humo. En cambio, los dragones de la suerte son criaturas del aire y del buen tiempo, de una alegría desenfrenada y, a pesar de su colosal tamaño, ligeros como una nubecilla de verano. Por eso no necesitan alas para volar. Nadan por los aires del cielo lo mismo que los peces en el agua. Desde tierra, parecen relámpagos lentos. Y lo más maravilloso en ellos es su canto. Su voz es como el repicar de una gran campana y, cuando hablan en voz baja, es como si se oyera el sonido de esa campana en la distancia. Quien escucha alguna vez su canto, no lo olvida en la vida y sigue hablando de él a sus nietos».

Alicia se incorporó vigorosa. Su corazón palpitante parecía querer salir de su pecho. Mientras leía esas líneas había contemplado a esos mismos dragones hasta el punto de poder describirlos a la perfección, sentir el calor de su fuego y escuchar el murmullo de su canto. Por un instante su mundo había sido Fantasía; un lugar lleno de colores de la naturaleza, con un palacio en el que destacaba una gran torre de marfil y en el que pudo ver a un niño caminando por un sendero…
Desconcertada, y sin saber muy bien qué había ocurrido, cerró el libro, devolviéndolo a su lugar en aquella nutrida estantería que durante tantos años había pasado desapercibida ante sus ojos.
Minutos más tarde cogió otro libro; y luego otro, y después otro más. Cada nueva línea que leía conseguía transportarla a una nueva dimensión totalmente desconocida para ella. Así consiguió ponerse en el pellejo de un joven aprendiendo a ser mago, siguió pistas que habían dejado unos templarios e incluso sintió el ardor de su cuerpo haciendo el amor por primera vez.
Se notaba confusa, atrapada y liberada al mismo tiempo, y con una extraña sensación, como de volar sin alas, que le producía seguridad y vértigo a partes iguales. Había vivido un sinfín de aventuras sin tan siquiera poner un pie fuera de su habitación. Por primera vez en su vida sintió la necesidad de devorar la palabra escrita.
Pensó que tal vez había caído víctima de un mágico encantamiento que sólo la afectaba a ella. Era un leve temor que la embargaba; pero no de los que paraliza, sino de los que te empujan a ir más allá en busca de respuestas.
Acudió a su madre. Para ella, su madre siempre había sido su mejor confidente.
—Mamá, ¡es extraordinario lo que me ha ocurrido! —dijo Alicia muy excitada.
A partir de aquí se volcó en contarle a su madre todo lo que había experimentado en la soledad de su cuarto. Y mientras lo hacía, en el rostro de su madre se iba dibujando una sonrisa cargada de orgullo y profunda emoción.
Cuando Alicia acabó de relatar lo sucedido su madre le apartó con dulzura el pelo que le caía sobre el rostro.
—Tranquila, tesoro. No debes asustarte. Y sí, llevas razón. Sentir la magia que encierran las páginas de un libro es algo extraordinario que no todo el mundo consigue experimentar. Es el poder de tu imaginación quien prolonga ese poderoso hechizo, y es tu fantasía quien te hace vivir las historias con tanta intensidad que las hace reales durante un fragmento de tiempo. ¿Verdad que siempre encajas en la piel de un protagonista?  —Alicia asintió con un gesto—. Eso es exactamente lo que quería que un día pudieses experimentar. Por eso dejé todos esos libros allí, en tu cuarto. No se puede forzar a alguien a leer un libro, porque esa magia se rompe. Dime, ¿recuerdas por qué papá y yo decidimos llamarte Alicia?
—Por el libro de Alicia en el país de las maravillas.
—Ese fue el primer libro con el que aprendí a proyectar las letras, a disfrutar del mismo entusiasmo que tú ahora. ¡Bienvenida a tu particular país de las maravillas, mi querida Alicia! Aquí no hay reglas; sólo el poder de un libro y los límites que imponga tu imaginación. No sabes lo feliz que me hace el ver que tú misma has decidido abrir tu mente a nuevas experiencias, que al fin has aprendido a leer con todos tus sentidos. ¿Me acompañas a la librería de la esquina? Ahora que estás preparada no se me ocurre mejor regalo para ti que un libro. Pero esta vez, él te elegirá a ti.
Alicia giró la cabeza y, mientras observaba aquellos libros que pacientes aguardaban su turno en aquella nutrida estantería, al fin descubrió dónde se hallaba su verdadera libertad.



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