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martes, 12 de enero de 2016

Apestas a mentira


Entre tú y yo: ¡apestas a mentira!
De esas que huelen a verdades a medias,
a orgasmos fingidos entre vómitos de amor,
a "te quieros" sin ninguna condición, ¡ja!

Aún tengo rastros de aquel whisky barato
en recovecos de mi cuerpo a medio cocer
con sexo pagado sin dinero
solo con las puñaladas del deseo,
con una palmadita en el trasero
y un: “Nena, ¡ya nos volveremos a ver!”.

En un mundo podrido de estercoleros
es ilógico que mi olor preferido sea el de tu cuerpo.
Pero así es.

Por eso te regalo mi disfraz perfumado;
ya no necesito vestir mi cuerpo
con salivas de otros miedos
ni con migajas de un delirio pasajero
para llenar mi depósito de porqués.

Devuélveme una pasión diestra,
una caricia verdadera,
que confirme de una vez por todas
la chamusquina que exhala tu piel.

Mientras seguiré odiándote a tientas,
deseándote a ciegas,
infectándome con tus pecas,
completando tu puzle de tretas…
¡Deja de manosearme las tetas, joder!

Se acabaron los coitus interrutus...
En la trinchera de mis piernas
solo penetran aliados
que con el arte del disparate
sepan engañarme con latex.

¿Me estás escuchando?
No, no es producto de la ira.
Sinceramente, cariño, apestas a mentira.
Pero eso, que quede entre tú y yo.

martes, 22 de diciembre de 2015

El pacifista








—Departamento de Atención al Cliente del Polo Norte. Le atiende Josefa la elfa, ¿en qué puedo ayudarle?

—Hola. Me llamo Federico y estoy enfadadísimo.

—Hola, Federico. ¿No le ha enviado Santa el regalo que ha pedido? Un momento. Voy a comprobar sus datos. Permanezca en espera. (Jingle Bells…) Le paso con Quejas y Reclamaciones.

—Le atiende Alfredo el reno. Disculpe, teníamos anotado que ha solicitado La Paz Mundial. Hemos subsanado el error a tiempo. Le ha sido enviado el juego Star Wars: Battlefront compatible con Xbox One, Playstation 4, Nintendo Wii…

—Pero yo quería…

—Departamento de Imposibles. Le atiende…




miércoles, 11 de noviembre de 2015

El rey de la arena


En el Amphitheatrum Flavium todo estaba preparado para el inicio del espectáculo. Únicamente faltaba la presencia del emperador Tito Flavio y de los senadores. Los miembros ilustres de la sociedad, al igual que la plebe, ya habían ocupado sus posiciones. Los contrincantes aguardaban su turno en los sótanos de las instalaciones en espera de ser nominados a una lucha a muerte. El sonido de un cuerno anunciaba la llegada del Emperador junto a su cortejo. Todos los asistentes se alzaban de sus asientos, guardando silencio para el solemne recibimiento. Consecutivamente, comenzaban los vítores del público deseoso de iniciar el entretenimiento cruel y sanguinario. Las cinco gradas estaban repletas. La afición del público era desmedida. Mientras, en el lado oculto del recinto, los combatientes lamentaban o ansiaban el momento de ser protagonistas. Algunos prisioneros o condenados no tenían elección, otros pagaban para demostrar su fortaleza ganándose la admiración del pueblo romano.
—Papá, tengo miedo. Nos tratan como esclavos. No entiendo por qué disfrutan haciéndonos daño…
—No te preocupes, Simbus. Te he estado adiestrando toda la vida para ser el más valiente y temido.
—Pero, papá, tú me has entrenado para sobrevivir, no para morir. Carpóforo ha matado a muchos de los nuestros. Lo odio, pero nunca he asesinado por esa razón. Además, es apodado como Hércules, ¿cómo puedo vencer a un héroe?
—No olvides que en la Antigüedad nosotros también éramos tratados como dioses. Tú eres muy poderoso. Su tamaño no te debe achantar, ¿acaso no ves lo que has crecido?
—Pero él posee instrumentos para protegerse. Me siento muy indefenso, papá.
—Eres fuerte y robusto. La naturaleza te ha otorgado tus propias armas. Al mismo tiempo, tú puedes correr veloz y saltar con gran agilidad. Quizá no has observado cómo nos mira el emperador Tito. Sabe que somos más majestuosos que él.
—No lo sé, papá. Escuché que seríamos unos buenos anfitriones para la cena de esta noche. Es un ser hipócrita, me recuerda muchísimo al tito Scarus. Me huele a que quiere hincarnos el diente.
—Para iniciar el espectáculo se enfrentarán Carpóforo contra Simbus —vociferaba el presentador.
A continuación, se abrieron las rejas que comunicaban la galería con el sótano.
—Es tu turno, hijo. Afílate tus garras. Demuéstrales quién es el rey de la arena.

Minutos después se oyó un rugido atroz. Carpóforo había atravesado el cuerpo de Simbus con una lanza. Mufasus no podía soportar como aquel humano, al cual habían divinizado, acababa con la vida de su único hijo. La plebe, por aclamación, exigía un desenlace. Corrió, rompiendo con furia la cadena que oprimía su pescuezo, adentrándose por el corredor hasta la reja. La derribó, con su propio cuerpo, avanzando hasta el centro de la arena. Allí observó que Carpóforo, inclinándose sobre el cuerpo de Simbus, agarraba con su mano derecha alzada una daga con el propósito de darle fin a la vida de su vástago. Mufasus se lanzó contra su enemigo para ayudar a su hijo, atrapando entre sus zarpas al bestiarius sin piedad; dejándolo ensangrentado yaciendo en la tierra. El gladiador fue vencido por una bestia con sed de venganza. Mufasus nunca antes había aniquilado a una presa por esta causa. Ningún guerrero puede ser más poderoso que un padre defendiendo a su hijo. Pero su triunfo no le mantuvo a salvo por mucho tiempo. Varios luchadores fueron emplazados para acabar con ambos. Finalmente, tras una ardua batalla, el rey fue destronado. Junto a su hijo sirvió de exquisito manjar en el fastuoso banquete romano. Todo en homenaje al salvaje «Hércules», que bajó de su pedestal al ser derrotado por una fiera indefensa.


martes, 10 de noviembre de 2015

Sexo digital




Micro seleccionado -entre 1.400 presentados- para el I Concurso de Microrrelatos eróticos de la web DSS  “Erotismo en estado puro" que formará parte de la antología digital que llevará el mismo nombre.



Escribir en 5 líneas un relato erótico que deje a todos con la boca abierta... ¡Quiero escribir sobre sexo! Pero a mí esta palabra me produce unas ganas irremediables de acariciar mi propio cuerpo. Tal vez sea capaz de describir un orgasmo con versos, aunque ¿no es mejor dejar las teclas y colocar mis dedos en un lugar estratégico?¿Es posible divertirse tanto queriendo tocar un texto? 



miércoles, 4 de noviembre de 2015

El poder de un libro



Era un día triste de lluvia, una de esas típicas tardes sobrecargadas de melancolía en que no sabes en qué malgastar el tiempo para hacer que corra más deprisa. O, al menos, eso pensaba Alicia, que ya había mirado un centenar de veces todas sus redes sociales y contactado con todas sus amistades vía Whatsapp.
Lo cierto es que Alicia no tenía ningún plan específico para consumir aquel compás de espera que parecía prolongarse hasta el infinito. Para ella, una chica de catorce años que anhela conquistar la mayoría de edad para sentirse al fin libre y dueña de sus actos, aquel lapso suponía una agónica espera. Alicia aún no había aprendido que la libertad no necesariamente se consigue con la mayoría de edad.
Invadida por el hastío veía caer la lluvia a través de la ventana, cuando, con un giro de cabeza, su mirada se detuvo en una estantería repleta de libros heredados de su madre. Aquellos libros simbolizaban un testamento aún por hojear, albergando en silencio la esperanza de ser leídos por aquella a la que su anterior propietaria había designado como su legítima heredera.
Hacía años que Alicia no tenía entre sus manos un libro sin que mediase la obligación de leerlo; tantos que apenas recordaba cuándo había sido la última vez que leyó por placer. Al igual que la mayoría de sus amigas adolescentes, la lectura fuera de su rutina escolar no entraba en sus planes.
De repente, le vino a la memoria el placer que experimentaba de pequeña al meterse en la cama y escuchar la dulce voz de su madre narrándole la historia de aquel lobo feroz que intentaba derribar con potentes soplidos las pequeñas casas de aquellos tres alegres cerditos, y cómo sus párpados se iban cerrando lentamente mientras su madre ponía voz a los personajes del cuento. Por unos instantes añoró volver a aquel pasado que le hacía soñar despierta.
Alargó su brazo y tomó uno de aquellos libros de la estantería. Leyó el título en la portada: La historia interminable. «Cómo este día de mierda», pensó.
Ni siquiera lo abrió por la primera página, que hubiese sido lo normal, sino que lo hizo avanzar, pues tal era su aburrimiento. Se recostó sobre la cama y comenzó a leer con pereza.

«Los dragones de la suerte son de los animales más raros de Fantasía. No se parecen en nada a los dragones corrientes ni a los célebres que, como serpientes enormes y asquerosas, viven en las profundas entrañas de la tierra, apestan y vigilan algún tesoro real o imaginario. Estos engendros del caos son casi siempre perversos o huraños, tienen alas parecidas a las de los murciélagos, con las que pueden remontarse en el aire ruidosa y pesadamente, y escupen fuego y humo. En cambio, los dragones de la suerte son criaturas del aire y del buen tiempo, de una alegría desenfrenada y, a pesar de su colosal tamaño, ligeros como una nubecilla de verano. Por eso no necesitan alas para volar. Nadan por los aires del cielo lo mismo que los peces en el agua. Desde tierra, parecen relámpagos lentos. Y lo más maravilloso en ellos es su canto. Su voz es como el repicar de una gran campana y, cuando hablan en voz baja, es como si se oyera el sonido de esa campana en la distancia. Quien escucha alguna vez su canto, no lo olvida en la vida y sigue hablando de él a sus nietos».

Alicia se incorporó vigorosa. Su corazón palpitante parecía querer salir de su pecho. Mientras leía esas líneas había contemplado a esos mismos dragones hasta el punto de poder describirlos a la perfección, sentir el calor de su fuego y escuchar el murmullo de su canto. Por un instante su mundo había sido Fantasía; un lugar lleno de colores de la naturaleza, con un palacio en el que destacaba una gran torre de marfil y en el que pudo ver a un niño caminando por un sendero…
Desconcertada, y sin saber muy bien qué había ocurrido, cerró el libro, devolviéndolo a su lugar en aquella nutrida estantería que durante tantos años había pasado desapercibida ante sus ojos.
Minutos más tarde cogió otro libro; y luego otro, y después otro más. Cada nueva línea que leía conseguía transportarla a una nueva dimensión totalmente desconocida para ella. Así consiguió ponerse en el pellejo de un joven aprendiendo a ser mago, siguió pistas que habían dejado unos templarios e incluso sintió el ardor de su cuerpo haciendo el amor por primera vez.
Se notaba confusa, atrapada y liberada al mismo tiempo, y con una extraña sensación, como de volar sin alas, que le producía seguridad y vértigo a partes iguales. Había vivido un sinfín de aventuras sin tan siquiera poner un pie fuera de su habitación. Por primera vez en su vida sintió la necesidad de devorar la palabra escrita.
Pensó que tal vez había caído víctima de un mágico encantamiento que sólo la afectaba a ella. Era un leve temor que la embargaba; pero no de los que paraliza, sino de los que te empujan a ir más allá en busca de respuestas.
Acudió a su madre. Para ella, su madre siempre había sido su mejor confidente.
—Mamá, ¡es extraordinario lo que me ha ocurrido! —dijo Alicia muy excitada.
A partir de aquí se volcó en contarle a su madre todo lo que había experimentado en la soledad de su cuarto. Y mientras lo hacía, en el rostro de su madre se iba dibujando una sonrisa cargada de orgullo y profunda emoción.
Cuando Alicia acabó de relatar lo sucedido su madre le apartó con dulzura el pelo que le caía sobre el rostro.
—Tranquila, tesoro. No debes asustarte. Y sí, llevas razón. Sentir la magia que encierran las páginas de un libro es algo extraordinario que no todo el mundo consigue experimentar. Es el poder de tu imaginación quien prolonga ese poderoso hechizo, y es tu fantasía quien te hace vivir las historias con tanta intensidad que las hace reales durante un fragmento de tiempo. ¿Verdad que siempre encajas en la piel de un protagonista?  —Alicia asintió con un gesto—. Eso es exactamente lo que quería que un día pudieses experimentar. Por eso dejé todos esos libros allí, en tu cuarto. No se puede forzar a alguien a leer un libro, porque esa magia se rompe. Dime, ¿recuerdas por qué papá y yo decidimos llamarte Alicia?
—Por el libro de Alicia en el país de las maravillas.
—Ese fue el primer libro con el que aprendí a proyectar las letras, a disfrutar del mismo entusiasmo que tú ahora. ¡Bienvenida a tu particular país de las maravillas, mi querida Alicia! Aquí no hay reglas; sólo el poder de un libro y los límites que imponga tu imaginación. No sabes lo feliz que me hace el ver que tú misma has decidido abrir tu mente a nuevas experiencias, que al fin has aprendido a leer con todos tus sentidos. ¿Me acompañas a la librería de la esquina? Ahora que estás preparada no se me ocurre mejor regalo para ti que un libro. Pero esta vez, él te elegirá a ti.
Alicia giró la cabeza y, mientras observaba aquellos libros que pacientes aguardaban su turno en aquella nutrida estantería, al fin descubrió dónde se hallaba su verdadera libertad.



jueves, 29 de octubre de 2015

Coaching sexual II



       Para leer Coaching sexual I PINCHA AQUÍ.


Enseguida me di cuenta de mi metedura de pata. Mi Antonio siempre tiene un oído pendiente de mí, y seguro que Dios estaba mirando de reojo. Además, en el fondo, mi Antonio es un bendito; le falta un hervor, la verdad, pero es un bendito.
—Perdóneme, señor terapeuta. No sé lo que me pasa últimamente. ¿A cuántas terapias asciende este asunto?
—No se preocupe, señora. Por mi parte queda zanjado el tema. Francamente, considero que sus problemas sobrepasan mis conocimientos. ¿Ha pensado en recurrir a otro tipo de terapia o especialista?
—Ya me lo sugirió también el Padre, su hermano. ¿No hay un sitio dónde resuelvan de golpe todos mis problemas? Es que no paro de dar tumbos y todos me transfieren a otros lugares. Últimamente hasta mi amiga Mari me pone las llamadas en espera. Eso sí, con una canción muy bonita: Ojalá no te hubiera conocido nunca, de Muchachito Bombo Infierno. Es un amor, aunque está tan sola… Yo al menos tengo a mi Antonio que me hace compañía. ¿Le podría presentar a Mari?
—Gracias por su ofrecimiento, lo tendré en cuenta si decido cambiar mi orientación sexual. 
»Vamos a ver, ¿usted ha intentado hablar abiertamente con su pareja? Sería fundamental que tuviesen una charla en la que ustedes muestren sus dudas y preocupaciones al respecto.
—Pues, ahora que lo dice, no. Yo normalmente hablo con profesionales. A mi Antonio recurro para calentarme los pies, abrir frascos, arreglar un enchufe… No sé, las cosas prácticas. En realidad, el «Asunto Pisa» no lo hemos formalizado, ni siquiera hemos puesto cláusulas con letra pequeña.
»¡Antonio, despierta! ¡Este señor ha salido del armario y ha tenido una idea brillante!
—Cariño, ¿nos podemos ir a casa ya, por favor?
—Mira, Antonio. Dice este señor que tenemos que hablar sobre nosotros.
—Pero, cariño, yo lo intento. Cada vez que empiezo una frase tú no me dejas ter…
—¡Eso no es verdad! No mientas a este señor que nos va a mandar otra vez para la iglesia.
—Mire usted, Toni. He intentado decirle que si pone apodos poco varoniles a mi miembro viril, mi libido disminuye, no hay forma de…
—No me lo diga usted, ¿que el elefante levante la trompa? Entiendo. Sería conveniente llamar a las cosas por su nombre. Pero observo que ella tiene ciertas dificultades.
—No veo tanto problema en llamar «pisita» a su pene. Me parece tierno. Pero si quieres la llamo Terminator, ja, ja, ja. ¡Antonio, bájate los pantalones y enséñasela! Necesito una segunda opinión.
—¡Pero cariño! No hay necesidad de tener que exhibirle a este hombre mi «pisita Terminator».
—Sin duda, son ustedes una pareja muy peculiar. No se preocupen, no es necesario. Podrían contactar con un urólogo para diagnosticar si su órgano sufre de alguna patología.
—Antonio, ¡bájate los pantalones o no te devuelvo la Play, eh!
—Ya que se empeñan... En principio, no veo síntomas de ningún trastorno dismórfico corporal.
—¿¡Antonio!? Juraría que el elefante ha levantado un poquito la trompa. ¡Ay, Dios mío! ¡Que el elefante ha salido también del armario! ¡Vaya circo!
»Bueno… En realidad, ¡tampoco hacéis tan mala pareja! Además, nunca he hecho un trío…
—¿¡Cariñooo!?
—¿¡Señoraaa!?


martes, 27 de octubre de 2015

No lo hagas


Ilustración de Sara Herranz

Ella había experimentado desde muy joven los placeres y sensaciones que proporciona un buen polvo. Le gustaba el sexo, nunca lo había negado. No sufría ningún trastorno psicológico ni hipersexualidad reconocida. No obstante, tachadla o etiquetadla a vuestra manera. O a la antigua usanza.
Siempre había apreciado la diferencia entre follar y hacer el amor. A decir verdad, no en todos los encuentros le apetecía actuar como una salvaje en la cama, es más, improvisaba irracionalmente su propio guion. Algunas veces necesitaba oler como las hormonas iban fluyendo, roces que provocan vellos erguidos y piel erizada, besar unos labios sintiendo un hormigueo en sus entrañas. Otras, en cambio, apenas miraba a los ojos de su amante. Ella se consagraba a la maestría de guiar a unas manos torpes con la finalidad de instruirlas en el rudimentario arte de arrancar sus bragas. Sabía fingir orgasmos, y gemía como una demente cuando realmente se los provocaban. Saboreaba los beneficios metálicos que su lengua podía recaudar. Distinguía cuando gritar era necesario, y mantenerse en silencio, una obligación. En ocasiones decía tacos; vulgaridades sin medida. Otras, por contra, se mostraba cándida e inocente cual delicada doncella que pierde por primera vez su castidad.
Hizo un pacto con su cuerpo; ambos firmaron un acuerdo de apetencia sexual, sin restricciones. Bromeaba sobre haber montado en más camas que en columpios y deslizado por más sábanas que por toboganes. Jugaba con las muñecas a retener esposas. Aprendió a dominar el sexo en todas sus formas, matices y expresiones. Este, de vez en cuando, también la subyugaba a ella. Y adoraba cuando ese tirano la ataba a la cama de una habitación pasajera.
Ella había amado y adorado un cuerpo pegado al suyo. Fue adicta a una piel. Esta dependencia la humilló cuando era frágil, rompiéndose en dos mitades desiguales. A la mitad indefensa la repudió. A la condescendiente la adoró y la usó para dar placer a otros. Juró que nunca más amaría. No volvería a hacer el amor con un enemigo. Ella no sabía hacerlo; lo concedía como recompensa a palabras halagüeñas. Lo regalaba, de tal manera que la convertía en esclava del hombre al que sucumbía. Desde ese momento, optó por fornicar como tregua en una batalla que supo que nunca ganaría. Sin embargo, siempre podría usar sus pespuntes para no descoser heridas psicológicas antiguas. Decidió dejar tocar su cuerpo, pero nunca más su vulnerabilidad. Nunca más es fugaz, se llamaba Ángel. Con él se desnudó sin quitarse la ropa —por primera vez—, frente a esa copa de vino reflejo de su devenir. Se abrió sin siquiera descruzar sus piernas. Fue su terapeuta sin cita precedente. Él la escuchó y la salvó con aquel abrazo posterior.
Después solo recordaba una vorágine de cuerpos entrelazados, de miradas cómplices. Intentó copular sin amar. No supo, no pudo. Su aliado le hizo arrinconar su reprensión y repatriar su lasitud. Olvidó lo que era y por qué lo era. Su ingenuidad le murmuraba con un inquietante eco: «Por favor, no lo hagas». Una petición interior, lanzada a ese mensajero, con el propósito de buscar su salvación. Hicieron el amor con el sexo más sucio y limpio que pudiesen imaginar; ironías entre cuerpos que se complementan y mezclan fluidos al mismo tiempo. De nuevo la diosa del sexo toleró vencerse por una orgía mental de sentimientos. Y se entregó en cuerpo —que tatuó con saliva— y en alma —que vendió a sus demonios—. «No lo hagas, por favor», se repetía continuamente. Y desconectaba para disfrutar de aquel encuentro entre desconocidos que se conocen a la perfección. Él no la manoseaba, la acariciaba. La adoraba en cada uno de sus movimientos de fricción. Por un momento, cambió su mundo. Una vida en la que ella no era ella. En esa nueva perspectiva solo existía ese Ángel, que le prestaba sus alas para volar sin límites ni miedos.
Al finalizar aquel encuentro fortuito, la abrazó. Le susurró un agradecimiento por el placer que su cuerpo prestado le había proporcionado. Ella alcanzó la felicidad; logró sujetarla entrecruzada con sus piernas durante un instante. Efímera, volátil. Él también había comprobado que existía una mitad que le complementaba mientras recorría con las yemas de sus dedos la curvatura de aquellos delicados senos. La vergüenza se apoderaba de ella a la vez que observaba como ese Ángel perfecto —ahora sin alas— se tapaba con la ropa que antes yacía sin dueño, dispersa en el suelo. Sin prisa pero sin pausa; idéntico ritmo armónico usado para pasearla en la cama. Selló sus labios para no decir palabras que le hubieran hecho delatarse a su amo. Volvía a su mente, una y otra vez, aquel pensamiento: «No lo hagas, por favor. No me trates como a una puta. Tú, no».
Minutos posteriores, Ángel extrajo del bolsillo trasero de su pantalón una cartera. Miró por un instante a su cómplice y le sonrío dulcemente. Pagó su intercambio de pasión al depositar un par de billetes sobre un testigo oscuro, inerte y de nogal. Se acercó a ella para regalarle un beso cordial en la mejilla. A continuación, le dio las gracias a viva voz. Ella permaneció absorta; su orgullo la enmudecía, sus emociones la inmovilizaban. Apenas vocalizó un leve susurro antes de ver largarse a su amante: «Por favor, no lo hagas».
Un portazo fue lo siguiente.
Como dicen, «Todo tiene un precio». Su profesión lo tenía, la tarifa la fijaba ella. Por supuesto, el amor también, pero este no es baremable en moneda de papel.

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