Era
un día triste de lluvia, una de esas típicas tardes sobrecargadas de melancolía
en que no sabes en qué malgastar el tiempo para hacer que corra más deprisa. O,
al menos, eso pensaba Alicia, que ya había mirado un centenar de veces todas
sus redes sociales y contactado con todas sus amistades vía Whatsapp.
Lo
cierto es que Alicia no tenía ningún plan específico para consumir aquel compás
de espera que parecía prolongarse hasta el infinito. Para ella, una chica de
catorce años que anhela conquistar la mayoría de edad para sentirse al fin
libre y dueña de sus actos, aquel lapso suponía una agónica espera. Alicia aún
no había aprendido que la libertad no
necesariamente se consigue con la mayoría de edad.
Invadida
por el hastío veía caer la lluvia a través de la ventana, cuando, con un giro
de cabeza, su mirada se detuvo en una estantería repleta de libros heredados de
su madre. Aquellos libros simbolizaban un testamento aún por hojear, albergando
en silencio la esperanza de ser leídos por aquella a la que su anterior
propietaria había designado como su legítima heredera.
Hacía
años que Alicia no tenía entre sus manos un libro sin que mediase la obligación
de leerlo; tantos que apenas recordaba cuándo había sido la última vez que leyó
por placer. Al igual que la mayoría de sus amigas adolescentes, la lectura
fuera de su rutina escolar no entraba en sus planes.
De
repente, le vino a la memoria el placer que experimentaba de pequeña al meterse
en la cama y escuchar la dulce voz de su madre narrándole la historia de aquel
lobo feroz que intentaba derribar con potentes soplidos las pequeñas casas de
aquellos tres alegres cerditos, y cómo sus párpados se iban cerrando lentamente
mientras su madre ponía voz a los personajes del cuento. Por unos instantes
añoró volver a aquel pasado que le hacía soñar despierta.
Alargó
su brazo y tomó uno de aquellos libros de la estantería. Leyó el título en la
portada: La historia interminable. «Cómo este día de mierda»,
pensó.
Ni
siquiera lo abrió por la primera página, que hubiese sido lo normal, sino que
lo hizo avanzar, pues tal era su aburrimiento. Se recostó sobre la cama y
comenzó a leer con pereza.
«Los
dragones de la suerte son de los animales más raros de Fantasía. No se parecen
en nada a los dragones corrientes ni a los célebres que, como serpientes
enormes y asquerosas, viven en las profundas entrañas de la tierra, apestan y
vigilan algún tesoro real o imaginario. Estos engendros del caos son casi
siempre perversos o huraños, tienen alas parecidas a las de los murciélagos,
con las que pueden remontarse en el aire ruidosa y pesadamente, y escupen fuego
y humo. En cambio, los dragones de la suerte son criaturas del aire y del buen
tiempo, de una alegría desenfrenada y, a pesar de su colosal tamaño, ligeros
como una nubecilla de verano. Por eso no necesitan alas para volar. Nadan por
los aires del cielo lo mismo que los peces en el agua. Desde tierra, parecen
relámpagos lentos. Y lo más maravilloso en ellos es su canto. Su voz es como el
repicar de una gran campana y, cuando hablan en voz baja, es como si se oyera
el sonido de esa campana en la distancia. Quien escucha alguna vez su canto, no
lo olvida en la vida y sigue hablando de él a sus nietos».
Alicia
se incorporó vigorosa. Su corazón palpitante parecía querer salir de su pecho.
Mientras leía esas líneas había contemplado a esos mismos dragones hasta el
punto de poder describirlos a la perfección, sentir el calor de su fuego y
escuchar el murmullo de su canto. Por un instante su mundo había sido Fantasía;
un lugar lleno de colores de la naturaleza, con un palacio en el que destacaba
una gran torre de marfil y en el que pudo ver a un niño caminando por un
sendero…
Desconcertada,
y sin saber muy bien qué había ocurrido, cerró el libro, devolviéndolo a su
lugar en aquella nutrida estantería que durante tantos años había pasado
desapercibida ante sus ojos.
Minutos
más tarde cogió otro libro; y luego otro, y después otro más. Cada nueva línea
que leía conseguía transportarla a una nueva dimensión totalmente desconocida
para ella. Así consiguió ponerse en el pellejo de un joven aprendiendo a ser
mago, siguió pistas que habían dejado unos templarios e incluso sintió el ardor
de su cuerpo haciendo el amor por primera vez.
Se
notaba confusa, atrapada y liberada al mismo tiempo, y con una extraña
sensación, como de volar sin alas, que le producía seguridad y vértigo a partes
iguales. Había vivido un sinfín de aventuras sin tan siquiera poner un pie
fuera de su habitación. Por primera vez en su vida sintió la necesidad de
devorar la palabra escrita.
Pensó
que tal vez había caído víctima de un mágico encantamiento que sólo la afectaba
a ella. Era un leve temor que la embargaba; pero no de los que paraliza, sino
de los que te empujan a ir más allá en busca de respuestas.
Acudió
a su madre. Para ella, su madre siempre había sido su mejor confidente.
—Mamá,
¡es extraordinario lo que me ha ocurrido! —dijo Alicia muy excitada.
A
partir de aquí se volcó en contarle a su madre todo lo que había experimentado
en la soledad de su cuarto. Y mientras lo hacía, en el rostro de su madre se
iba dibujando una sonrisa cargada de orgullo y profunda emoción.
Cuando
Alicia acabó de relatar lo sucedido su madre le apartó con dulzura el pelo que
le caía sobre el rostro.
—Tranquila,
tesoro. No debes asustarte. Y sí, llevas razón. Sentir la magia que encierran
las páginas de un libro es algo extraordinario que no todo el mundo consigue experimentar.
Es el poder de tu imaginación quien prolonga ese poderoso hechizo, y es tu
fantasía quien te hace vivir las historias con tanta intensidad que las hace
reales durante un fragmento de tiempo. ¿Verdad que siempre encajas en la piel
de un protagonista? —Alicia asintió con un gesto—. Eso es exactamente lo
que quería que un día pudieses experimentar. Por eso dejé todos esos libros
allí, en tu cuarto. No se puede forzar a alguien a leer un libro, porque esa
magia se rompe. Dime, ¿recuerdas por qué papá y yo decidimos llamarte Alicia?
—Por
el libro de Alicia en el país de las maravillas.
—Ese
fue el primer libro con el que aprendí a proyectar las letras, a disfrutar del
mismo entusiasmo que tú ahora. ¡Bienvenida a tu particular país de las
maravillas, mi querida Alicia! Aquí no hay reglas; sólo el poder de un libro y
los límites que imponga tu imaginación. No sabes lo feliz que me hace el ver
que tú misma has decidido abrir tu mente a nuevas experiencias, que al fin has
aprendido a leer con todos tus sentidos. ¿Me acompañas a la librería de la
esquina? Ahora que estás preparada no se me ocurre mejor regalo para ti que un
libro. Pero esta vez, él te elegirá a ti.
Alicia
giró la cabeza y, mientras observaba aquellos libros que pacientes aguardaban
su turno en aquella nutrida estantería, al fin descubrió dónde se hallaba su
verdadera libertad.