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jueves, 13 de octubre de 2016

La celda aliñada: Suegra confinada al horno



Ingredientes para cuatro personas:

Suegra
Aceite de oliva virgen extra.
Cebolla.
Sal, gorda.

Preparación: 

Pillamos desprevenida a nuestra suegra cuando esté viendo Sálvame Deluxe o cualquier otro programa insulso de Telecinco (abstenerse si en ese momento está haciendo ganchillo; las agujas las carga el diablo).
Salamos el exterior de la suegra —con la excusa de que tratamos de ahuyentar a los malos augurios— y la colocamos, perfectamente estirada —si su artrosis nos lo permite—, en un recipiente para el horno. En caso de no disponer de una caldera de tamaño industrial podemos llevarla a La Costa del Sol un 15 de agosto.
Cubrimos completamente con aceite de oliva (o crema solar) e introducimos en el horno —sin sombrilla—. Confitamos a 40 º durante 8 horas —lo que viene a durar las siestas de la susodicha—. Pasado este tiempo, sacamos del horno (desmontamos el chiringuito) y dejamos atemperar (dícese de aplacar su mala hostia) durante 30 minutos. Cuando comience a volver en sí, metemos una cebolla en su boca. No potencia el sabor ni nada, pero al menos la mantendremos calladita un rato.
Quitamos al cochinillo, perdón, a la suegra, del recipiente (o tumbona) con cuidado de que no se rompan las ampollas y la colocamos, con las pechugas hacia abajo, en una cama forrada de film plástico de cocina. El film tiene dos funciones: una, evitar manchar las sábanas de fluidos asquerosos y otra, sudar para perder algo de peso. A estas alturas nos da igual, pero es que está muy gorda la jodía.
Aparte, colamos el aceite resultante de confinar (o de la improvisada liposucción) y dejamos enfriar. La gelatina que ha soltado la suegra se solidificará y podremos utilizarla para salsear.
Todavía caliente, le damos la extremaunción —con la salsa recuperada de separar a la suegra de su grasa—, cabreándola lo menos posible y manteniendo su formato original (cebolla incluida).
Enfriamos durante 4 horas en una cámara frigorífica (planificar con anterioridad, ya que se necesita ayuda forense y/o de otros cuñados/as bastante quemados/as). Transcurridas dichas horas, si resucita, la golpeamos con una sartén antiadherente. Si no ha escupido la cebolla, la introducimos en la incineradora para asegurarnos de que se ha quedado cuajada. Dejamos dorar a fuego lento. Con este proceso, que debe durar entre 15 y 20 minutos, desaparece la grasa que aún queda y aseguramos que las cenizas sean de tamaño minúsculo.
Espolvoreamos en el patio, acompañada de una guirnalda de ensalada: «Tu yerno/nuera nunca te olvidará» y una coplilla de Canal Sur.
Una vez finalizado el proceso y listos los comensales llamamos al Telepizza. Esta vez no tendremos problemas con el reparto de una «familiar». 
El secreto está en la guasa.

¡Buen provecho!


sábado, 14 de mayo de 2016

El náufrago



—¡Mira, Wilson, las condiciones climáticas son inmejorables, y la balsa ha quedado perfecta!
—¡Estoy hasta las pelotas de tu optimismo, Tom! —dijo el balón en tono enfadado, y añadió tras una pausa—: Podía estar ahora mismo jugando en la NBA... Tenía que haber viajado con SEUR, es la última vez que me pillo un vuelo de bajo coste —susurró consternado.
—No entiendo porque te rebotas tanto. Solo tenemos que esperar a que vengan a rescatarnos.
—Pero… ¡gilipollas!, ¿no has visto la peli? Yo me quedo fuera de juego. Creo que desde Forrest Gump estás tocado y, si no espabilas pronto, hundido.
—No te comas el coco. ¡Más que nada, porque solo queda uno! Esta vez no voy a permitir que termines flotando sin dirección. Eres mi mejor amigo —afirmó Tom Hanks.
—¡Eres un pelota!¡Me tienes harto! Todo el día lloriqueando por la rubia esa, cuando todos sabemos que te la está pegando con otro… Hala, ¡ya me he desinflado!
—¡No digas eso Wilson! —exclamó Tom a media voz entretanto hacía pucheros observando la foto desgastada de su prometida.
—¡Tremendo blandengue! Por cierto, ¿sabías que estás en pelota picada? ¡Ponte un taparrabos! ¡Y aféitate, coño! —gritó el balón mientras daba un giro de 180 grados.
—Wilson, colega, ¿¡dónde vas!? ¡Espera! Está chispeando, ¡te vas a mojar!
—Tío, no te soporto más. Eres patético. ¡Adiós! —alegó el balón al mismo tiempo que se lanzaba de un bote al agua.
—Nunca me rendiré, Wilson. Te lo prometo —dijo Tom cuando intentaba hundir la pelota.

—¡Nenaza, eso es del Titanic!¡Qué te folle un pez espada!

martes, 8 de marzo de 2016

Nahel y mis musas




Estaba totalmente absorta en mis pensamientos, recreándome en mi mediocridad, cuando de repente escuché una vocecita que captó mi atención. 
—¡Oye, tú!
Volteé mi cabeza hacía ambos lados sin intuir quién clamaba incesantemente por mi atención. Tras oír chistar varias veces, pregunté con inquietud:
—¿Me hablas a mí?
—Claro. ¿A quién si no? ¿Tú eres la que quiere escribir una historia? ¿O me equivoco?
—Supongo que no. Quiero decir, deduzco que te refieres a mí.
—¿Y por qué te has detenido?
—Porque me he quedado bloqueada. No consigo idear absolutamente nada.
—¿Nada de nada? Y entonces, ¿qué pasa conmigo?
—¿Contigo?
—Sí. Tú eres mi creadora. ¿Me conviertes en “alguien” para dejarme así sin más?
—Lo siento, pero, como te decía, no sé qué hacer contigo.
—Vamos a ver… Me has llamado Nahel, me has caracterizado con cabeza de ratón, alas diminutas de dragón, dientes afilados de serpiente… No sé, piensa... ¿Podrías hacerme partícipe de alguna aventura, no?
—Imagino. Vivirás en un país fantástico, tendrás varios enemigos y obstáculos a los que enfrentarte para posteriormente vencerlos a todos y ser el más admirado del reino. Colorín colorado
—¡Pues vaya porquería!
—¡Eh, tú, personajillo, sin insultar!
—No lo trataba, usted perdone si se ha sentido ofendida. ¿Tú eres la que aspira a ser escritora?
—Eso pretendía —contesté con desaliento.
—En serio, es que tienes una chispa, je, je. Me troncho —dijo la vocecita repelente mientras se partía el culo de… mmm… sapo repugnante (por improvisar algo) a mi costa.
—Yo no le veo la gracia. Estoy pasando por un momento complicado, ¡vale!
—¡No vale! ¿Acaso tú no tienes musas? Todos gozan de ellas, incluso aquellos que nunca se han percatado de su existencia.
—Sí, las tenía hasta hace unas horas, después se han silenciado.
—Verás, si me lo hubieses dicho antes... ¡Yo tengo un don para las mujeres! —alardeó el «pedazo de animal» mostrando un tono de voz más varonil.
—¡Pero yo no te he asignado esa característica antes de mi problema creativo! —reprendí al recién estrenado «don Juan».
—Lo sé. Sin embargo, lo que tú pareces no saber es que cada personaje tiene vida propia.
—Entonces, ¿tú puedes ser lo que quieras ser?
—Elemental, querida juntaletras. Ser o no ser. De hecho, me he puesto las alas más grandes, las tuyas me parecían ridículas. Y nada de sapo, ¡qué te he oído, aspirante al Nobel de Literatura! Y pienso tener más compañeros en mis aventuras, e incluso darle un giro a tu idea que empieza a estar muy trillada. Fíjate, lo mismo hasta termino eternamente condenado por culpa de un hechizo que me obligue a devorar escritores cuando estos pierdan la inspiración. Ejem.
—Alucinante. Sigue, sigue… ¿O es una indirecta?
—Tú lo que quieres es que te haga el trabajo sucio. A mí lo de redactar no se me da bien. Mejor me espero, estoy intentando conseguir una cita con una de tus musas. ¡No veas cómo está la jodía, de toma pan y moja!
—¡¿Puedes verlas?! No sabes cuánto te admiro. Me gustaría ser como tú…
—¿Bromeas? ¿Un personaje ficticio fabricado con trozos de animales que quiere tirarse a tus musas?
—¡No, hombre! Bueno, personaje; quiero decir, tan imaginativo como tú.
—Tal vez si reparases en que estás hablando contigo misma en este instante, tu idea cambiaría.
—No te entiendo.
—Tronca, ¡qué estás hablando tú sola!
—¡Vaya, es verdad!
—Pues eso, escribe más, ¡caray! O visita a un psiquiatra. Pero deja de rayarme. Haz que en mi vida pasen cosas. Y ya de paso, en la tuya.
—Llevas razón. Gracias, Nahel.
—Un placer, querida. Y no molestes más, ya tengo a la gachí medio camelada.
En ese instante Nahel, justo cuando creía estar perdido en aquel lugar, atrapado por el embrujo de la soledad, se tropezó con una chica que revoloteaba como una pequeña hada en busca de inspiración…
—Oye, Nahel. ¿Qué te parece? Creo que han regresado las musas. Mira lo que he escrito. ¡¿Nahel?! ¿Qué significan esos gemidos? ¿Musas? Na-hel… ¡Nooo!

martes, 22 de diciembre de 2015

El pacifista








—Departamento de Atención al Cliente del Polo Norte. Le atiende Josefa la elfa, ¿en qué puedo ayudarle?

—Hola. Me llamo Federico y estoy enfadadísimo.

—Hola, Federico. ¿No le ha enviado Santa el regalo que ha pedido? Un momento. Voy a comprobar sus datos. Permanezca en espera. (Jingle Bells…) Le paso con Quejas y Reclamaciones.

—Le atiende Alfredo el reno. Disculpe, teníamos anotado que ha solicitado La Paz Mundial. Hemos subsanado el error a tiempo. Le ha sido enviado el juego Star Wars: Battlefront compatible con Xbox One, Playstation 4, Nintendo Wii…

—Pero yo quería…

—Departamento de Imposibles. Le atiende…




jueves, 29 de octubre de 2015

Coaching sexual II



       Para leer Coaching sexual I PINCHA AQUÍ.


Enseguida me di cuenta de mi metedura de pata. Mi Antonio siempre tiene un oído pendiente de mí, y seguro que Dios estaba mirando de reojo. Además, en el fondo, mi Antonio es un bendito; le falta un hervor, la verdad, pero es un bendito.
Perdóneme, señor terapeuta. No sé lo que me pasa últimamente. ¿A cuántas terapias asciende este asunto?
No se preocupe, señora. Por mi parte queda zanjado el tema. Francamente, considero que sus problemas sobrepasan mis conocimientos. ¿Ha pensado en recurrir a otro tipo de terapia o especialista?
Ya me lo sugirió también el Padre, su hermano. ¿No hay un sitio dónde resuelvan de golpe todos mis problemas? Es que no paro de dar tumbos y todos me transfieren a otros lugares. Últimamente hasta mi amiga Mari me pone las llamadas en espera. Eso sí, con una canción muy bonita: Ojalá no te hubiera conocido nunca, de Muchachito Bombo Infierno. Es un amor, aunque está tan sola… Yo al menos tengo a mi Antonio que me hace compañía. ¿Le podría presentar a Mari?
Gracias por su ofrecimiento, lo tendré en cuenta si decido cambiar mi orientación sexual. 
»Vamos a ver, ¿usted ha intentado hablar abiertamente con su pareja? Sería fundamental que tuviesen una charla en la que ustedes muestren sus dudas y preocupaciones al respecto.
Pues, ahora que lo dice, no. Yo normalmente hablo con profesionales. A mi Antonio recurro para calentarme los pies, abrir frascos, arreglar un enchufe… No sé, las cosas prácticas. En realidad, el «Asunto Pisa» no lo hemos formalizado, ni siquiera hemos puesto cláusulas con letra pequeña.
»¡Antonio, despierta! ¡Este señor ha salido del armario y ha tenido una idea brillante!
Cariño, ¿nos podemos ir a casa ya, por favor?
Mira, Antonio. Dice este señor que tenemos que hablar sobre nosotros.
Pero, cariño, yo lo intento. Cada vez que empiezo una frase tú no me dejas ter…
¡Eso no es verdad! No mientas a este señor que nos va a mandar otra vez para la iglesia.
Mire usted, Toni. He intentado decirle que si pone apodos poco varoniles a mi miembro viril, mi libido disminuye, no hay forma de…
No me lo diga usted, ¿que el elefante levante la trompa? Entiendo. Sería conveniente llamar a las cosas por su nombre. Pero observo que ella tiene ciertas dificultades.
No veo tanto problema en llamar «pisita» a su pene. Me parece tierno. Pero si quieres la llamo Terminator, ja, ja, ja. ¡Antonio, bájate los pantalones y enséñasela! Necesito una segunda opinión.
¡Pero cariño! No hay necesidad de tener que exhibirle a este hombre mi «pisita Terminator».
Sin duda, son ustedes una pareja muy peculiar. No se preocupen, no es necesario. Podrían contactar con un urólogo para diagnosticar si su órgano sufre de alguna patología.
Antonio, ¡bájate los pantalones o no te devuelvo la Play, eh!
Ya que se empeñan... En principio, no veo síntomas de ningún trastorno dismórfico corporal.
¿¡Antonio!? Juraría que el elefante ha levantado un poquito la trompa. ¡Ay, Dios mío! ¡Que el elefante ha salido también del armario! ¡Vaya circo!
»Bueno… En realidad, ¡tampoco hacéis tan mala pareja! Además, nunca he hecho un trío…
¿¡Cariñooo!?
¿¡Señoraaa!?


martes, 20 de octubre de 2015

Coaching sexual I



Aunque no es necesario, os recomiendo la lectura de Terapia confesional y de Adopta a un tío para seguir las peripecias de esta pareja. =P


Siempre he tenido la facilidad de darle la vuelta a la tortilla, en sentido figurado. Bueno, también en el literal. Cuando está suficientemente cuajada por un lado, se coloca un plato de un tamaño similar encima de la tortilla y se gira la sartén… Creo que me estoy dispersando.
Decía que tengo facilidad para manipular las situaciones a mi favor. Después del tropiezo con mi Antonio en el Mastur Bar, tuvimos una conversación sobre nuestra relación. Obviamente, yo tuve una coartada perfecta. Me personé allí para hacerle un favor a mi amiga Mari. Si el chico, Machopotente34, merecía la pena, ya se convertiría en un posible candidato para llevar a cabo los trámites de adopción. Enseguida mi Antonio lo entendió. Su excusa fue la que no acabó de convencerme. Él también suplantaba a su amigo Pedro. ¡Qué casualidad! Como el asunto me olía a chamusquina, hice mi particular melodrama e, inmediatamente después, decidí castigarlo sin sexo. Mi Antonio me dijo que le parecía justo.
Después de dos semanas recordé que el escarmiento era absurdo con el «Asunto Pisa» de por medio, no me serviría para nada. Había sido demasiado blanda (como el asunto en sí). De manera que cambié el castigo por buscar una solución a nuestro problema: terapia sexual. Pensé que iría a regañadientes, pero accedió voluntariamente cuando le insinué que secuestraría su PlayStation4 hasta el día de la cita terapéutica. 
Estaba deseando acudir a esa consulta, era lo más parecido a visitar el santuario de Lourdes. Según mi pacto con Dios, todo debía ir a la perfección. Solo que, cuando la recepcionista nos hizo pasar para hablar con el sexólogo, me llevé una extraña sorpresa:
¿¿Padre?? ¡¡Qué alegría volver a verle!! Estuve el otro día en su iglesia para hablar de un asuntillo con usted. Se marchaba muy deprisa. Pero no se preocupe, me lo resolvió Dios.
Disculpe, creo que me está confundiendo. Probablemente, debe de tratarse de mi hermano.
Ah, ahora le pilló, va de incógnito. No se inquiete, fingiré que no lo he reconocido. Fingir se me da bien, ¿verdad, Antonio? Debe de pasarle como a Superman, que cuando se ponía las gafas y se quitaba la capa se transformaba en Clark Kent, aunque yo siempre lo reconocía. Con usted me ha pasado igual. A decir verdad, ¡le sientan bien las gafas, Padre!
Señora, quería decir que el sacerdote al que usted se refiere es mi hermano gemelo. No es la primera vez que nos confunden.
¿Podría usted no llamarme «señora»? Me hace sentir mayor, como si no fuese su hija, Padre.
Si no le importa, llámeme Antonio. Sin más dilación, sería fundamental que a partir de ahora, si son tan amables, escuchen los consejos que les aportaré tras hacerme participe de su problema.
Mira, Antonio, ¡otro Antonio! Mi Antonio y Superantonio, ja, ja, ja.
Cariño, si no vas a dejar trabajar a este hombre, nos volvemos a casa, que me dejaste a medias con la partida de Assassin Creed
¡Ay, perdón! Es que estoy muy nerviosa, Padre. ¡¡Nooo!! Tache, Antonio. ¡Tú no, cariño! ¡¡Antonio Padre!! ¡¡Noo!!  Borre, ¡¡Antonio cura!! ¡¡Nooo!! ¡¡Antonio sexo!! ¡¡Nooo!!
¡Tranquilícese! Llámeme sexo. Disculpe… ¡¡Toni!!
Gracias, Toni. Pues, mire usted, en realidad nosotros venimos para solucionar el «Asunto Pisa». Le hablo en código porque mi Antonio es muy sensible con este tema, pero sucede, básicamente, que el elefante no levanta la trompa.
¿Cómo dice? ¿Podría hablar un poco más alto, por favor?
¡QUE EL ELEFANTE NO LEVANTAAAA LA TROMPAAA!
¿Disfunción eréctil?
¡No, hombre, todavía no ha muerto! Aunque un poco paliducha sí la veo.
Me refiero a problemas de erección.
¡Sí, eso! Shhh…, que mi Antonio no se entere…
Cariño, estoy sentado a tu lado. Te estoy escuchando. ¡Y el elefante también!
Lo cierto es que, no excitarse o no tener una erección en algún encuentro erótico, es algo muy común. Puede deberse simplemente a problemas de estrés.
—Francamente, Toni… Mire a mi Antonio. ¿Usted lo ve muy estresado?
En realidad, juraría que se ha quedado dormido.
Toni, me gustaría confesarle algo. Aprovechando que mi Antonio se ha quedado frito, y si Dios mira para otro lado... Usted así, disfrazado, es bastante atractivo. Las gafas le dan un toque muy sexy. ¿Podría invitarle a un gin-tonic, Toni? Si usted no está casado con Dios, y no hay ninguna kriptonita que se interponga...
¿¡Señoraaa!?

Continuará…


Para ver la última parte de esta terapia tan peculiar PINCHA AQUÍ.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Adopta un tío



Es cierto que tenemos mucho peligro cuando nos juntamos las chicas. O eso dice mi Antonio.
Aquel café de la tarde me abrió los ojos ante un mundo lleno de posibilidades por explorar. Había visto en televisión algún anuncio sobre este tipo de webs, pero nunca le había prestado demasiada atención. Sin embargo, las experiencias de mis amigas me hicieron reflexionar. ¿Páginas de contactos? Uhm, sonaba divertido. Solo había un diminuto problema: mi Antonio. Pensé que si solo observaba el producto sin llegar a catarlo, no sería trascendental. Desde el que apodamos «Asunto Pisa» —mi Antonio no soportaba las palabras «problema» y «erección» unidas por una conjunción copulativa—, no me sentía deseada. Además, un poco de coqueteo me haría más llevadera la espera hasta que el edificio se enderezase. Y el cura tan simpático que me confesó unas semanas atrás, seguramente, no lo contaría como pecado. 
Finalmente, me decidí a registrarme en una página. Elegí la que me recomendó mi amiga Mari, que, para estas cosas, es muy avispada. Decía que en esa concretamente éramos las mujeres las que llevábamos las riendas. Con lo que a mí me gusta tener el mando, no tuve que pensarlo dos veces.
Me pareció políticamente incorrecto colocar mi foto real; por tanto, elegí una de Angelina Jolie. Soy clavada a ella, aunque por envidia insana nadie lo admita. Me quité dos años; el número aceptable en el cual mentira y verdad se dan la mano y se hacen aliadas. 
Al principio, la aplicación me resultaba un tanto complicada, pero no tardé mucho en pillarle el tranquillo. Intercambié mensajes con muchos chicos. Incluso me hice mi propio diario de mentiras piadosas para no confundirme entre ellos. Al final, por descarte entre psicópatas, paranoicos, cavernícolas y demás especímenes variados, me quedé con dos. A uno de ellos le di mi número de teléfono. Por un momento, en mi regreso a la adolescencia, me olvidé de mi Antonio. Lo complicado fue cuando comenzó a sonar el teléfono y él intentaba captar mi frecuencia con sus antenas parabólicas. Menos mal que siempre he sido muy astuta para crear argumentos sólidos e irrefutables.
¿Quién era, cariño?
Era mi madre. Nada, le ha dado la regla.
Pero, ¿tu madre no tenía la menopausia ya?
Pues, por eso… ¡qué le ha pillado sin compresas!
Una hora después.
Te han llamado, ¿verdad?
Sí. El butanero.
Pero si tenemos instalado Gas Natural.
Uy, ¡pues yo le he dicho que traiga dos bombonas!
Dos horas más tarde.
Hoy te llaman mucho por teléfono, ¿quién era ahora?
Tu padre. Dice que últimamente no lo llamas mucho.
Cariño, mi padre falleció el año pasado.
¡Pues con razón no lo llamas! Anda, ¡y yo le he dicho que le devolverías la llamada! Tendrás que hacer una Ouija.
Siempre he sido muy rápida y convincente para fabricar respuestas manipuladoras de la realidad. Mi Antonio nunca sospechaba de mí, jamás. Aun así, recapacité sobre Brad Pitt (foto de perfil y alias de mi inoportuno pretendiente). Tampoco me gustaba lo suficiente como para complicarme la vida y mentir gratuitamente. Aunque, ¡eso sí!, hacíamos una pareja de película.
Opté por el otro chico, también parecía muy agradable. Para no cometer el mismo error, no le facilité mi teléfono. Únicamente nos escribíamos a través de la web de contactos.
Un mes después de intercambiar coqueteos furtivos, sugirió que era hora de dar un paso más y fijar una cita. Inmediatamente asentí, aunque poco más tarde me entró el sentimiento de culpabilidad y unas ganas irrefrenables de ir de compras. Por ese motivo decidí ir a comentar este tema con el Padre ese cura que nos ayudó con el tema de la inmobiliaria. Al parecer, el hombre tenía un asunto urgente, porque nada más verme entrar en la iglesia salió corriendo sin siquiera poder saludarme. No hay mal que por bien no venga. Aproveché para hablar con Dios. Lo convencí para llegar a un acuerdo. Si el miraba para otro lado mientras yo me tomaba el café con ese chico recientemente adoptado, le prometía convencer a mi Antonio para casarnos por la Iglesia. Como quien no quiere la cosa, le pedí que dejase un momento el tema del libre albedrío para intervenir en el «Asunto Pisa». Como el que calla otorga, interpreté que no había ningún inconveniente por su parte.
Me dispuse a ir a la cafetería donde habíamos acordado el encuentro: Mastur Bar, en la Avenida de la Purísima número 69. Era tal mi paranoia que percibía señales confusas por todas partes.
La foto de su perfil era de Nacho Vidal, así que, me dijo que llevaría un capullo… (¡Sois muy mal pensados!). Me refiero a una rosa roja, e iría vestido con una camisa azul turquesa.
Al adentrarme al local aún estaba más nerviosa. Observé a un chico moreno de espaldas que se ajustaba a la descripción. Estaba sentado y apoyaba sus codos en una mesa, en un extremo asomaba el tallo de una rosa. Tenía la cabeza inclinada hacia abajo. Me pareció que tecleaba en un teléfono móvil. Era él, estaba convencida, y me esperaba a mí.
Miré hacia arriba y aconsejé a Dios que se tapase los ojos, recordándole mentalmente el acuerdo previo.
Unos simples pasos.
Me sentía una niña traviesa (como diría E. L. James: «La diosa que habita en mí daba saltitos con las orejas», o algo por el estilo).
Apoyé mi mano sutilmente en su espalda.
Perdona, ¿Machopotente34?
¡Sí!, ¡soy yo! Levantó y giró la cabeza en mi dirección.
Me quedé atónita.
¿¿Antonio??
¿¡Cariño!?


Continuará…



Si te ha gustado este post, seguramente disfrutarás leyendo Terapia confesional.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Baile de pistolas




Cielo desértico de Tabernas, Almería (España). Año 2015.

Había llegado el momento. El viento del desierto soplaba con furia agitando a las plantas rodadoras. Uno frente a otro. Escasos pasos de distancia entre dos pistoleros. Se mascaba la tragedia —y el tabaco—.
Ambos habían guardado un acuerdo de tregua temporal; a pesar de que se habían prometido venganza tiempo atrás. John se la tenía jurada a Clint tras su exitosa trilogía y la dirección de sus propias películas. A decir verdad, Wayne siempre se había sentido muy encasillado. Aparentemente, habían mantenido la calma, sin embargo, la disputa por el amor de la Srta. Kidman les había conducido a batirse en duelo.
Nicole fue una cortesana afamada por lanzar su pierna al aire y remover sus faldas en una función nocturna de un popular cabaret parisino, en el cual era protagonista principal. Hubo fallecido en los brazos de su amado; un escritor bohemio que solía cantar a los clásicos. Tras su muerte, permaneció fotosensible en una mansión hasta completar méritos para su traslado al otro barrio. En el cielo del oeste conoció a dos tipos duros: John y Clint.
Ahora un desafío a muerte establecería un vencedor y concluiría con esa rivalidad. Así, Dios dispuso como padrino de la ceremonia al sheriff Chuck Norris.
El acontecimiento atrajo a una gran multitud: bandidos y forajidos de toda la región, la tribu de Hollywood (liderada por Toro Sentado) y una diligencia con las chicas de la compañía Con faldas y a lo loco para amenizar el espectáculo, entre otros.
Todas las miradas permanecían atentas a ambos. Música de ambiente.
Tiriririri ririri…
—El Mundo se divide en dos categorías, John, los que tienen el revólver cargado y los que cavan. Podría dispararte sosteniendo tu propia pala —Le subestimada Eastwood fijando su mirada pétrea en él mientras se giraba en sentido opuesto.
—He hecho más de 250 películas y nunca he disparado a ningún tipo por la espalda, ¡cámbiamelo, Chuck! —replicó Wayne.
—¿Sabes que podría matarte raspándote con mi barba, John? —interrumpió Norris escupiendo su palillo a una velocidad de vértigo—. ¡Pégale un balazo a este tío, hostias!
—Te recuerdo John que ya estás muerto. ¡Yo sólo he venido a por lo que es mío!
—¿Crees que te preferirá a ti? ¡Al menos yo no visto un poncho tan ridículo! Vas a morir, aunque todo cambiaría si me incluyeses a título póstumo en los créditos de alguna de tus últimas películas —dijo John Wayne con sonrisa retorcida.
—Después de esto, no pienses que vamos a intercambiar fluidos corporales en la ducha esta noche. ¡No te incluyo ni borracho! —exclamó Eastwood con desprecio.
—Nunca he confiado en un hombre que no bebiera. Lo siento, Clint.
—Nunca pidas perdón y nunca te disculpes, es un signo de debilidad. Y recuerda que yo soy un tipo feo, fuerte y formal —comentó John.
—Tal vez yo soy El Bueno. Sé que hay más de 100 motivos por los cuales no debería matarte, pero ahora mismo, no se me ocurre ninguno.
—Yo soy el último pistolero. ¡Desenfunda tú primero!
Chuck, asqueado de tanta charla estúpida, arremetió a golpes de puñetazo y patada dejando gravemente heridos a ambos. Nicole, aburrida de la disputa y creyendo que acabaría más sola que la una, lanzó un guiño sensual a Toro Sentado, que le mandó señales de humo como respuesta a su coqueteo. Este decidió levantarse para largarse con la chica.
Toro Levantado y la Srta. Kidman subieron a lomos de un búfalo vil. Galoparon por todo el desierto con dirección a Las Vegas donde formalizarían su amor entre indio y cabaretera.

martes, 22 de septiembre de 2015

Terapia confesional



Me sitúo de rodillas en el confesionario. Me santiguo a mi manera (lo recordaba vagamente; no obstante, debía ser parecido al brindis que hacía con mis colegas, «¡Arriba, abajo, al centro y para adentro!»).
—Ave María —me apresuro a decir basándome en mi primera comunión. O igual ni eso. Simplemente me sonaba que comenzaba así.
—Purísima —dijo el sacerdote.
—¿Quién?¿¡Yo!? Hombre, tampoco es que sea muy promiscua, pero…
—Tú dices: «Ave María Purísima». Y yo te respondo: «Sin pecado concebida».
—Ah. ¡Hola, Padre! Se dice «Padre», ¿verdad?
—Sí, hija mía, puede llamarme así.
—Una cosilla: si yo soy su hija y usted es mi padre… Estooo... Uno de los dos ha hecho algo que no debía, ¡y yo no he sido!
—Es una manera afectiva de llamar a las feligresas de esta parroquia —dijo mi/el Padre.
—¿Feligresa? Es la primera vez que escucho esa palabrota, aunque imagino que siendo usted un cura no va a comenzar mi confesión insultándome. Bueno, yo quería comentarle que, uhm, por dónde empiezo… Estoy atravesando un momento complicado. El tema laboral me trae de cabeza, Padre. No encuentro trabajo. Las únicas ofertas que…
—Pero, hija mía, ¡eso deberías solucionarlo en el INEM! Puedes encontrar una Oficina de Empleo al final de esta misma calle.
—Supongo. Aparte, es que, además, tengo un lío… Verá, Padre, le explico. Llevo saliendo con mi Antonio cinco años y nunca habíamos tenido problemas de tipo, ya sabe, pero ahora no puede tener una erección, y me culpa…
—¡¡Hija mía!! ¡Eso deberías consultarlo con un sexólogo!
—No, en realidad, yo creo que eso se le pasará. El problema es que no sé si dejarlo...
—¡Un terapeuta!
—... porque como queremos irnos a vivir juntos y estamos buscando…
—Inmobiliaria.
—Además, estoy tan confusa con todo lo que me está sucediendo…
—Psicólogo.
—... pero es que ya voy teniendo una edad y si no me caso pronto, en vez de vestir santos me voy a quedar para desvestir momias.
—Tal vez en eso si pueda ayudarte. ¿Os gustaría celebrar vuestro matrimonio en esta parroquia?
—Yo no tengo problema, pero mi Antonio es que se pone como la niña del exorcista cuando entra a una Iglesia. Y si lo cazo, creo que tendrá que ser por lo civil.
—En ese caso… Juzgado, hija mía.
—Entonces, Padre, ¿usted qué arregla aquí?
—Te escucho y te absuelvo de tus pecados. Pero primero debes hacer examen de conciencia.
—A mí es que los exámenes nunca se me han dado bien. A menos que se trate de un tipo test, claro. Y lo de los pecados, ¿qué incluye exactamente? ¿Eso es lo de los diez mandamientos? ¿Y las mentiras piadosas cuentan? Por ejemplo, se ha mudado un nuevo vecino al Bajo D, que la verdad, Padre, ¡está tremendo! Si mientras se le pasa a mi Antonio... y no se lo cuento a nadie… ¿Dios se enterará?
—Sí, hija. Dios está en todas partes.
—¡Ostras!, ¡pues no lo sabía! ¿Y a cuántos Padres Nuestros y Aves Marías asciende el asunto? Si tengo que hacer lo del Rosario, me lo voy a pensar, que lo de cantar con las bolitas del collar me parece un poco siniestro. ¿O se puede usar las chinas?
—¡¡No te preocupes, hijaaaaa!! Yo te absuelvo de tus pecados, en el nombre del padre, y del hijo, y del espíritu santo.
—Pero Padre… ¡¡qué se olvida de imponerme mi penitencia!!
—¡Bastante penitencia tienes ya! Tranquila, Nuestro Salvador te guardará una parcela en el Reino de los Cielos. Puedes ir en paz.
—Así da gusto, Padre. ¡Verá que contento se va a poner mi Antonio cuando le diga que ya está resuelto el tema de la inmobiliaria!

martes, 25 de agosto de 2015

¡Miente Pinocho!





Era el mozalbete más apuesto de toda la aldea,
él no tenía que demostrar su hombría,
porque contaba con una peculiaridad:
cuando mentía, el miembro viril le crecía.
Y entre vítores y alabanzas, hacía felices a todas las muchachas.
«Miente pinocho», le pedían.
Y él a todas les surtía de su gran variedad de mentiras.
Pero un día el zagal se enamoró de una chavala,
la más casta y pura de toda la comarca.
Por primera vez se vio obligado a decir la verdad,
y comenzó a rechazar a todas las chiquillas del lugar.
Con su sinceridad… « la cosa» empezó a bajar.
Su enamorada, ya un poco más espabilada, se quedó asombrada.
Y ni corta ni perezosa, le gritó apresurada:
«¡Miente pinocho, qué el tamaño sí importa,
 y tú cada vez la tienes más corta!».
Y Pinocho le dijo que la odiaba y que no la desvirgaba.
Unos minutos después, nuevamente le aumentaba.

Este poema viene con moraleja:
«Las mujeres toleramos alguna mentirijilla piadosa
si la causa es bondadosa».


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