Me gusta

lunes, 3 de agosto de 2015

¡Sujétalo con fuerza o déjalo marchar!

Desde que un niño mira por primera vez el globo de helio —sin helio un globo nunca estaría contento— que ha elegido, que frecuentemente coincide con su superhéroe más admirado o el personaje de los últimos dibujitos que adora, y por fin se hace con él, un hormigueo recorre su pequeño cuerpo con una ansiedad que le lleva a suplicar por tenerlo. "¡Mamá!, ¡mamá!", apunta con su diminuto dedo. "¡Es mío, por fin es mío!", y lo sujeta con firmeza con su manita. Es una sensación similar a un posterior atracón de chocolate; como diría Mick Jagger: Satisfaction. Y recorre su camino sonriente, mira hacia arriba y contempla orgulloso su nuevo trofeo. "¡Siempre estará conmigo, allá donde vaya!". Es feliz, tan feliz que olvidó que su meta aquel día era que mamá le comprase un helado y lo llevase a los columpios. Y lo cuida, lo mima y lo luce con deleite a todos los niños con los que se cruza en su recorrido. "¡Es mío, chínchate!". Pero, de repente, capta su interés otro juguete y suelta sus manos para dirigirse a él. Por un instante olvida que en una de ellas tenía el globo; y éste se escapa, asciende y lentamente se va alejando. Durante breves segundos se congela el tiempo. Pero su mano no alcanza a atraparlo, reacciona tarde, mirando hacía ambos juguetes, aunque ahora el que creía que nunca perdería se marcha. De improviso, comprende que quería conservarlo durante más tiempo, que lo eligió a él entre tantos. Pero se olvidó de su compañero, su nuevo amigo. El globo sólo se quedaría con él si lo sujetaba con fuerza porque su verdadero instinto es volar. Sin embargo, el pasmado niño mirando hacia el cielo no lo sabía, a pesar de que su madre, para evitarle el posterior dolor, insistió en que podía ocurrir. Llora, patalea... Busca desesperadamente otro globo, pero ya nunca será el mismo.
A veces escapan accidentalmente, otras veces los dejamos escapar sin más; y aunque cuando los perdemos de vista nos solemos olvidar de ellos, estos perdurarán durante tiempo. No desaparecen del todo, se mantienen durante meses, años… volando sin rumbo en el cielo.

El pequeño aprendió una lección aquel día: “Sujétalo con fuerza o déjalo marchar”. Pero si lo sueltas, sé feliz, porque por el motivo que decidieses en aquel instante, tú lo dejaste ir.



Moraleja pampirolada: Al menos, antes de que se marche, róbale un poquito de helio. Aspíralo y pégate unas risas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por regalarme un poquito de tu tiempo.

Small Pencil