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martes, 4 de agosto de 2015

So payasa



Anoche dejé acostada mi nariz colorada sobre la mesita de noche hasta que la sonrisa de payasa de nuevo brote.

Y tal vez el pronóstico más real sea que nuevamente la vuelva a usar, porque no se jugar sin ponerme mi disfraz. Una capa invisible que tapa lo que mi estupidez delata; una armadura de hojalata que protege un corazón forrado de papel de aluminio arrugado y sin alma. Un órgano que late descompasado al son de una chirigota carnavalesca o con un anuncio televisivo de un antical de menta. Un corazón sin matiz ni color, sin meta y sin sabor.

Y cuando me despojo de mis vestiduras, ahí está, palpita veloz y tiembla con otro corazón con igual melodía e idéntica piel de melocotón, hasta que se paraliza y coloca de nuevo su máscara para evitar disfrutar de esa brujería; sin pretender vencer con su daga afilada al dragón tentador. Un corazón que se mueve como un peón, el cual devora el más diestro jugador.

Es fácil huir del placer como lo es de arroparse en el miedo; ironías del tropiezo de disfraces sin dueño.

Y tal vez el presagio más real sea que en breve la vuelva a usar, porque no se conquistar sin la picardía de reír al compás de teatrales carcajadas maquilladas de sueños.

Pero de momento la nariz permanece inhabilitada, buscando un bufón con sonrisa sarcástica y hechizo en la mirada o hasta que el telón se abra y el público aplauda.   


   

2 comentarios:

  1. Un interesante y "circense" (iba a decir payasesco pero parecía algo negativo jaja) análisis del protagonista de este texto. Siempre es un placer leerte Soledad.

    ¡Un saludo!

    ResponderEliminar

Gracias por regalarme un poquito de tu tiempo.

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