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jueves, 6 de agosto de 2015

Parodia de una burbuja



   Ella se encerró entre cuatro paredes de cristal. Allí creó su espacio vital. Llenó aquel lugar vacío con todo lo imprescindible en aquel momento de transición: unos libros para aliviar su culpabilidad, música que le hacía soñar, un abrigo por si el invierno venía frío, fotos por si era inevitable recordar lo que debía olvidar, millones de hilos por si tenía que coser alguna herida, un móvil por si alguien se decidía a llamarla, el top diez de películas para llorar, un cuaderno para pintar, un paquete de kleenex por desechar y unos tupperware con comida precocinada por si el hambre llegaba. En realidad, ella no necesitaba nada más. Veía el mundo a través de cristales y, aunque todo avanzaba, a ella no le importaba. Hasta que un día se dispuso a salir de allí. Primero para coger unos calcetines gruesos, después para tomar un poco de chocolate con leche y, por último —y no menos importante—, para vivir. 
   Recorrió las calles, mendigó amistades, hizo juegos malabares, andaba con cuidado para no pisar a nadie... Pero un día se sintió juzgada (a veces las personas nos equivocamos de enemigos) Ella no comprendía la gran dificultad de nadar a contra corriente. ¿Por qué todos tenemos que ser iguales? Y entendió que una sola persona no puede ganar una batalla y, para colmo, estaba demasiado cansada. Regresó a su burbuja de cristal, jurándose a sí misma que solo volvería a salir si lo que viera a través de ella fuese completamente transparente. Ahora desempolva aquellos libros obligados. A pesar de que con frecuencia se siente sola, sabe que dentro de su burbuja nada la puede dañar y que ella es la encargada de buscar su propia felicidad.

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